La propaganda del miedo

RAMÓN BALTAR

OPINIÓN

LA CULTIVAN los que tratan de presentar como inevitable una guerra para derrocar a Sadam, encarnación del mal y amenaza a la paz. Los que dudan o se oponen son acusados de debilidad o antiamericanismo. Pero existen motivos serios para pedir reflexión. El primero es que, habiendo focos de conflicto armado en aquellas partes, parece de cajón no abrir uno nuevo: podría activar las pulsiones belicistas latentes en el resentimiento y la desesperación, y desembocar en una conflagración no prevista. La Historia nos enseña que la guerra se sabe cuándo empieza, pero no cuándo ni cómo acabará. Y menos aún, si el vencedor se alegrará de haberla hecho. Tampoco se traga bien que Irak tenga capacidad militar para asustar a Occidente: lo mismo decían cuando la Guerra del Golfo y luego se vio que al león le faltaban garras y barbas. La simple posibilidad no satisface el mínimo de exigencia ética requerido para lanzar un ataque armado que causaría muertes y desolación sin cuento a una población civil indefensa y muy castigada: los iraquíes también tienen derechos humanos. Contra otros países con más armamento nadie propone invasión preventiva. Por lo visto hasta aquí, la estrategia antiterrorista americana se reduce a tierra calcinada. Su desprecio de la cumbre de Johannesburgo y la Corte Penal Internacional demuestran que el hijo de Bush carece de agudeza intelectual y política para reconocer las claves de un orden globalizado: el reparto de la riqueza y la sujeción al derecho internacional. Angustia que decida casi todo alguien que quisiera talar los árboles para acabar con los incendios. Hay una baza que el terror no puede ganar: que la defensa de la libertad implique recortes arbitrarios de las libertades. Disentir en voz alta es una de ellas.