SOMETIDO A UNA intervención feroz y multimillonaria, que destruyó su capacidad simbólica y su belleza paisajística, para sustituirlas por una disfuncional residencia de estudiantes que trata de disimular el fiasco, el Monte do Gozo también acoge esporádicamente a algunos cantantes de reconocido prestigio (me refiero a los Rolling Stones, obviamente), que conectan allí con sus devotos y nos dan la sensación de modernidad y progreso que tanto necesitamos. Yo mismo estuve allí, con Mike Jagger, meneando el esqueleto, tan aleccionado por la honda nostalgia que me despiertan sus sonidos como por mi racional deseo de recuperar los impuestos que pagué para que aquel santo lugar sustituyese sus toxos asilvestrados, y con pedigree medieval, por estos toxos desnaturalizados y urbanos que brotan y malviven sobre el hormigón agrietado de las instalaciones vacías. Por eso me alegro de que el PP, que tiene soluciones para todo, haya elegido este lugar para presenciar el feliz trance de las conexiones entre Bush y Aznar, y para que Fraga nos descubra, como en un sueño, la segunda ola descentralizadora que -¿gracias a él?- nos va a invadir el año que viene. Frente a lo que sucedía en el Monte Faro, donde el sonido de la gaita se perdía molestón entre el polvo y los repechos, el Monte do Gozo nos brinda, en cinemascope, las mejores escenas de la historia occidental. La primera fue aquella conversación telefónica entre Aznar y Bush, cuando ambos líderes se repartieron el mundo y enfilaron la pistonuda solución que se le dio al Kosovo. En la segunda, puesta en eco, se ven los mismos artistas en el duro trance de salvar el universo mediante un ataque preventivo contra un país arruinado y destruído, aunque rebosante de petróleo, que quiere condicionar las inspecciones de la ONU a cosas tan irracionales como éstas: que le levanten el embargo que mata de hambre y enfermedades a la población, que los inspectores de armamento no sean todos americanos e ingleses nombrados por George W. Bush, que las inspecciones tengan plazos y fórmulas establecidas para emitir sus informes, y que sólo se juzguen hechos y no intenciones. ¡Chorradas, seguramente! También allí nos enteramos de que hay dos tipos de demagogia: la barata, que exhibe y extiende Rodríguez Zapatero, y la cara o carísima, que el propio Aznar nos prodiga a diario. Y por eso me siento frustrado. Porque, aunque quise aprovechar la romería del Monte do Gozo para regresar a las cosas domésticas y descansar de la política mundial, enseguida me di cuenta de que comentar los discursos de Fraga y Aznar es como jugar en Segunda B. Y, la verdad sea dicha, yo ya no estoy para esos trotes.