DURANTE LOS ÚLTIMOS doce años Fraga ha repetido hasta la saciedad que Galicia prospera adecuadamente. Esta afirmación va camino de alcanzar la categoría de dogma y, como todo dogma, requiere una gran dosis de fe inmune a la realidad y a la evidencia científica. Sin embargo, un balance que, dejando aparcados prejuicios ideológicos, resulte del análisis de la evolución de Galicia, situando a ésta en relación con el entorno económico y social al que pertenece, llegará a conclusiones muy diferentes a las que, interesadamente, presenta el presidente de la Xunta. Según los datos de INE ( Contabilidad Regional de España ) el PIB gallego era en 1995 el 5,61 % del español. En 2001 sólo representaba el 5,35 %. Es decir, en los últimos 6 años se ha producido un indiscutible deterioro de la posición relativa de la economía gallega. Del mismo modo, en 1995, según las mismas fuentes oficiales, el empleo existente en Galicia era el 7,22 % del empleo español, mientras que en 2001 apenas alcanzaba el 6,69 % del total nacional. Dicho en otras palabras, para mantener la posición relativa que tenía en 1995, en términos de empleo, la economía gallega debería haber generado 100.000 puestos de trabajo más de los que ha creado. Lejos de prosperar adecuadamente, Galicia crece menos que la media española y muy por debajo de las comunidades autónomas más avanzadas. Si tomamos como referencia la situación en la que se encuentran los pilares básicos del Estado del bienestar, nuestra preocupación no desaparecerá. La Xunta parece decidida a deteriorar los logros históricos que, conquistados a lo largo de un amplio proceso civilizador, configuran hoy nuestro estilo de vida. En sanidad asistimos a un proceso de creciente externalización y privatización de los recursos y provisión de servicios sanitarios. La apuesta decidida por la enseñanza privada, en detrimento de la pública, es un hecho facilmente constatable. Basta con echar una simple ojeada a los sucesivos presupuestos de la Xunta. Por lo que respecta a los servicios sociales, ocupamos los últimos lugares de España, siendo ésta una de las causas que inciden en la catástrofe demográfica de Galicia. No mucho mejor es la salud de nuestra democracia. Un Parlamento que, en vez de ser potenciado como la institución central del sistema, es reducido a un ente ornamental, una Administración pública carente de transparencia, o unos medios de comunicación públicos que no respetan el pluralismo político y no practican la veracidad informativa, tal como ha puesto de manifiesto el Informe del Valedor do Pobo ante el Parlamento, son hechos que no nos avalan precisamente como un paradigma democrático. El próximo mes de octubre se celebra en el Parlamento de Galicia el debate anual de política general. Será una buena ocasión para saber si la oposición gallega es capaz de presentar las ideas fuerza de una alternativa creíble, o si, por le contrario, asume, con los matices que se quiera, el dogma que predica Fraga.