POR UNA VEZ, me tomo la licencia de incluirme en el retrato y fundirme en el emocionado recuerdo de un viejo amigo y compañero, que acaba de concluir el hermoso libro de su existencia cuando este verano ya viste sus primeros colores del otoño. Me refiero a Luis Carandell, el periodista, el escritor y la persona, que tuvo la rara habilidad de ser siempre él mismo. Conocía a Luis en la década de los setenta en el viejo Informaciones , el último reducto del periodismo artesanal, una burbuja de libertad y el semillero de una generación de buenos profesionales, algunos, incluso, de relumbrón. Carandell se incorporó a aquella aventura periodística desde dos frentes entonces bastante exóticos: Moscú y Tokio, donde, por cierto, tuvo la santa paciencia de aprender ruso y japonés. También aprendió a vivir en Madrid, asimismo lugar exótico y fue uno de sus mejores cronistas -que nadie se lo ha reconocido todavía- pero sin renunciar a su arraigada condición de catalán. Hemos compartido muchas tardes y noches en aquella redacción un tanto bohemia, en la que se aporreaban las viejas Olivetti con verdadera saña. Luis escribía calmoso y mientras pensaba la palabra acertada hacía figuritas de papel. Era un virtuoso de la papiroflexia. Entre pajarita y pajarita, nacían sus crónicas parlamentarias que describían la parte menos pedestre de la siempre aburrida cámara de procuradores que practicaban el sucedáneo del contraste de pareceres . Su ironía producía ronchas entre los cuadriculados censores quienes, entre otras virtudes , carecían del sentido del humor. Las crónicas de Luis desconcertaban a los ulcerosos mentales y refrescaban las ilusiones de los, a pesar de todo, optimistas. Con todo ese rico bagaje de experiencias decidió empadronarse de cateto de pueblo y echó el ancla en Atienza, un pequeño pueblo de la Alcarria, a cien kilómetros de Madrid, donde compró y restauró un viejo caserón con los beneficios de las primeras ediciones de su célebre libro Celtiberia show . Allí instaló su taller de escritor y llenó las paredes de su casa, incluso el dormitorio, de libros, revistas, papeles... Un hermoso caos. Recuerdo muy especialmente que sus amigos celebramos con verdadero orgullo, como cosa propia, la salida de su Celtiberia show . En aquel desierto, el libro fue un acontecimiento, no sólo por ser la mejor antología del esperpento nacional, sino, también, porque Luis, con intención sibilina que escapaba a la cerrazón de los censores, descubrió la existencia de una España en la que, entre los forros de las chaquetas de pana y las faltriqueras, se daba un saludable cachondeo con el que nunca pudo la dictadura. Carandell ridiculizó al papanatas, al cacicón, al de la sotana dócil, a la beatería y exaltó al noble paleto. Desde aquel entonces, él mismo se hizo paleto y se especializó en descubrir en el paisaje yermo y duro de la Carpetovetonia los brotes de la sonrisa. También buscó en el paraíso el lado divertido de los santos, en un delicioso libro sobre las andanzas y venturas de los miembros del Santoral. Luis fue -ese es precisamente su epitafio-, por encima de todo, un hombre consecuente consigo mismo. Su persona es tan importante, o más, que su trayectoria profesional. Cuando he leído en este diario la noticia de su muerte y he visto la estremecedora última imagen de su cara demacrada, he sentido dos sensaciones paradójicas. El triste e inexorable adiós ante esa imagen tremendamente cruel de un rostro agotado de vida y el recuerdo vivo y permanente de un hombre vitalista, que empleó su inteligencia en descubrir y catalogar, con el máximo respeto, el lado cachondo, ridículo y humano de las gentes. Su muerte, con ser muy sentida por quienes compartimos su amistad es, sobre todo, la más original de sus ironías. Luis no se merece una necrológica, sino una cordial despedida, como después de una de aquellas noches de trabajo y bohemia en la vieja redacción. Seguro que donde vaya a parar alguna partícula de sus cenizas inventará otro show para provocar la sonrisa de su nuevo mundo. Hasta la vista, amigo.