QUE LAS GRANDES cumbres mundiales rara vez sirven para algo, nos lo acaba de demostrar la que hoy se clausura en Johannesburgo. Por mucho que esté en juego la supervivencia del planeta. Por mucho que la respalden las Naciones Unidas, que estén representados más de 180 países y que asistan más de 60.000 personas de todo el mundo. Ha sido, sin duda, un apiñamiento desmesurado. Pero como cumbre puede considerarse un fiasco. Es cierto que la capital sudafricana nos deja algún acuerdo de cierta trascendencia entre algunos estados, oenegés y empresas. Pactos mínimos sobre energías renovables y apoyo a la lucha antiterrorista. Pero no lo es menos que los grandes asuntos, aquellos que realmente decidirán la futura existencia del ser humano, han quedado para mejor ocasión. La Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible no ha dejado otro balance que el de remover nuestras conciencias, recordándonos que la falta de agua potable continuará ahogando a los países en desarrollo; que la desnutrición crónica afecta a 800 millones de personas, que la contaminación del aire causa tres millones de muertes al año y hasta que el calentamiento global podría abrir un paso entre el Atlántico y el Pacífico en sólo diez años. Pero lo que los más optimistas esperaban no se ha cumplido ni por asomo. El compromiso de calendarios, cuotas y propuestas de financiación en frentes como los de energía, agua, salud, biodiversidad y agricultura, se quedaron en tímidos avances. Y la lucha contra la pobreza, el sida, la contaminación y el acceso al agua potable, en un alarde de vanalidades. En compromisos genéricos y poco firmes. Así que, a la espera de los últimos acuerdos de hoy, la cumbre de Johannesburgo se nos ha quedado en un apilamiento. O si se prefiere, en un guateque multitudinario. Que viene a ser lo mismo.