La Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible de Johanesburgo, que concluye mañana, se ha convertido, sin quererlo, en un reconocimiento paladino de EE.UU. como única superpotencia mundial. La ausencia del respaldo norteamericano es tan patente y está tan presente en las sesiones que lo condiciona todo, hasta el punto de que es muy difícil creer en unos acuerdos que parecen nacidos para empedrar el infierno de buenas intenciones. Las hermosas palabras no acaban de convertirse en principios de universal observancia para mejor destino de este pobre planeta, que no se merece un huésped tan inconsecuente como el que le tocó en suerte, en especial en su versión estadounidense. Los datos hablan por sí solos. En un siglo se ha destruido más el planeta que en los dos millones de años anteriores, y el hambre sigue siendo la primera causa de muerte en amplias zonas de la Tierra, sobre todo en África... ¿Y qué hace EE.UU.? Evitar los compromisos, obstruir los acuerdos y mofarse del idealismo de quienes quieren, entre otras cosas, salvarlos también a ellos. ¡No saben que a EE.UU. sólo lo salva EE.UU., aunque sea por medio de la destrucción planetaria... de la que finalmente habría de librarnos el Rambo de turno!