Carandell

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

ERA UN CABALLERO, de los de antes, de los de siempre, como muchos abuelos. Merece el elogio por tantos motivos. Por ejemplo, por demostrar que se puede ser catalán y madrileño al mismo tiempo, que se puede ser de todas partes y de ninguna, y usar el nacionalismo sólo para aprender cosas nuevas y comer bien. Luis Carandell tenía el don de la palabra y de la memoria. Su charleta era única, perfecto para tertulias interminables, tormenta de anécdotas, cascada de lucidez. Era humilde en el saber. Le gustaba compartir. Hasta disimulaba lo viajado. Decía «tengo que ir a Japón» donde, por supuesto, ya había estado. En Galicia le debemos haber divulgado nuestra autopista del alma, el Camino de Santiago. Y es que Carandell también debía de ser gallego. Lo demuestra la retranca de sus impecables crónicas parlamentarias. Este sabio de voz inconfundible fue capaz de empezar un telediario con un soneto de Lope, con dos. La gente, la de la calle le apreciaba. Un amigo cuenta una anécdota que lo define: «Le dije que tenía que ir a Trujillo y en seguida me contó todo sobre el castillo medieval. Sobre todo que no me perdiese el escudo del Athletic de Bilbao que había en medio». Se ha ido. Nos queda el mar de sus libros, la marea de su literatura oral.