EL PRIMER MINISTRO francés, Jean Pierre Raffarin, sorprendió el pasado julio en su discurso ante la Asamblea Nacional. Advirtiendo que las disparidades territoriales son demasiado fuertes en Francia, ha propuesto transferir a las regiones abundantes competencias, como garantía -ha dicho- de un mayor grado de coherencia, eficacia y solidaridad. Quiere, además, ser audaz en ello e invita a las regiones a ejercer un «derecho a la experimentación», a proponer ideas al respecto. Y, para todo esto se muestra dispuesto a reformar la Constitución: anuncia para otoño la presentación al Parlamento de un proyecto de ley constitucional, para insertar la región en el texto fundamental y posibilitar tales cambios estructurales. Que esto ocurra en Francia, la cuna sagrada de la centralización, resulta significativo. Lo es también que ello se fundamente en razones de coherencia y solidaridad. Y abre un nuevo horizonte a la Europa de las Regiones, frente a la que ya no cabe seguir cerrando los ojos.