La argentina de Soriano

RAMÓN CHAO

OPINIÓN

LAS INSCRIPCIONES funerarias son demasiado elogiosas para que sean ciertas. Sin embargo, existe al menos una estela sincera, que descubrió Osvaldo Soriano en el cementerio parisino del Pére Lachaise: «Aquí yace Julio Carrié, agente secreto de la República Argentina». En El ojo de la patria , Soriano rescata a Carrié del frío abismal y lo reencarna con el nombre de Carré, un espía en carne y hueso que frecuenta el bar El refugio , lugar de cita de los matones en paro procedentes del Este de Europa. Él, Carré, representante de una potencia modesta, se ve humillado y manipulado sin escrúpulos por los agentes de países imperialistas: parábola de los países del Tercer Mundo. Hay de qué molestarse: uno de sus colegas se dedica a cantar tangos en inglés, que bautiza con el nombre de tangos de las Malvinas . Pero por orden de Buenos Aires no lo puede liquidar: un país que se lanza a la gloriosa invasión de unas islas un poco mayores que la de Perejil, que envía un navío a la guerra del Golfo y manda otro (o el mismo) para bloquear Haití, ha de estar presente en el foro internacional de los agentes secretos. Esta joya de la Inteligencia argentina será designado por el presidente (cuyo nombre no se ha de pronunciar porque tiene pavo ) para dirigir una gran operación. Se trata, ni más ni menos, de sustraer de una morgue de Viena el cuerpo de un padre de la patria embalsamado en el siglo XIX y devolverlo a su tierra. Algo insólito pero que forma parte de la tradición argentina: los restos de Evita Perón fueron robados en Buenos Aires, enviados a Europa, enterrados y desenterrados en Italia. Descargado el cuerpo en Madrid en la residencia de Perón por la camioneta de un panadero, su viudo logró perforar el catafalco de su antigua esposa con un abrelatas. Así pues, Carré dirigirá la operación El ojo de la patria . Por fin logra apoderarse del venerable prócer y ¡qué sorpresa! El héroe de la independencia, momificado, habla a través de un artilugio electrónico, critica a sus camaradas del ejército y se dice listo para liberar a Argentina. El punto de vista de Soriano, de reírse de todos los aspectos del argentinismo, adquiere entonces una dimensión tragicómica. Metidos en una intriga de persecuciones rocambolescas, de traiciones y asesinatos, estos don Quijote y Sancho van hasta Marsella arrastrando un racimo de agentes secretos de todos los países civilizados. Hoy, cuando todos quieren distinguirse -Castro con la barba, el presidente que no se puede nombrar con las patillas y el subcomandante con el pasamontañas-, el hombre banal constituye una excepción. Por ello los espías van aquí disfrazados: uno de Stan Laurel, otro de Madonna, de Pato Donald o de Michael Jackson. La mirada irónica de Soriano se vuelve igualmente hacia el mundo de los ricos. Los personajes, al igual que muchos intelectuales de estos tiempos de desorientación ideológica, cambian de máscara como de camisa. La pareja cervantina adopta al fin una resolución redentora: inscribirse en una sociedad de escritores inéditos. Al fin, Carré y su prócer se encierran en el Père Lachaise. Con las baterías recargadas, éste cuenta sin parar la verdadera historia de Argentina. Tienen la eternidad por delante. En cuanto al milagro argentino , seguirá, una vez más, a la espera de un caudillo o de un Che Guevara.