EL POLICÍA que desalojó de inmigrantes una universidad de Sevilla se creyó poderoso. El Fiscal del Estado, cuando dice tener las pruebas contra Batasuna, piensa que dispone de un instrumento de poder. El ministro de Defensa, cuando entonó al alba y con mal tiempo , se consideró personaje decisivo. El titular de Economía roza la magia cuando vaticina el crecimiento de la economía. La leyenda dice que Aznar es el presidente que más ejerció el poder en democracia. George W. Bush pasa por ser el hombre más poderoso de la tierra... Sin embargo, ese policía volvió al cuartel. El poder del Fiscal es nada al lado del Supremo. La hazaña de Trillo no cambió la relación con Marruecos. Rato depende del mercado. Aznar debe pedir ayuda al Congreso. A Bush le levanta la voz el presunto derrotado Sadam Husein. Y todos juntos no consiguen decir una palabra que resucite la economía. Como fruto de su impotencia, las familias españolas (un ejemplo) son menos ricas que hace un año. En cambio, unos señores que trabajan en el FMI ayer se levantaron con el pie derecho, concedieron un crédito a Brasil, y los mercados encontraron el bálsamo de Fierabrás: se pusieron a subir como locos. Podían haber negado ese crédito, y habrían provocado otra jornada de pánico. Pero concedieron 30.000 millones de dólares, y consiguieron más que la omnipotente Administración de Washington. No conocemos sus nombres, ni tenemos interés en conocerlos. Son anónimos , como dicen las crónicas. Pero pueden decidir si usted se arruina o puede seguir plácidamente de vacaciones. Son el poder; el poder que influye. Gobiernos, parlamentos, partidos son un adorno que hay que mantener para crear la apariencia de que todos mandamos algo. Ya lo dijo Jiménez de Parga: «El Parlamento es una institución fuera del tiempo». Los únicos que están dentro del tiempo son los amos del dinero. Lo estuvieron siempre, pero ahora se nota más.