Oeste italiano

IGNACIO RAMONET

OPINIÓN

06 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

¿RECUERDA alguien a Damiano Damiani? Los buenos cinéfilos no pueden haber olvidado a este director italiano, autor de algunas de las mejores películas políticas de los años 1970 -prohibidas en España bajo Franco- como: Confesión de un comisario de policía al procurador de la República y Estamos todos en libertad provisional . Me acabo de encontrar con él en Torella dei Lombardi, una pequeña ciudad de montaña, apiñada en torno a un imponente castillo-fortaleza, no lejos de Nápoles. Damiani tiene ahora 80 años, sigue tan rojo como siempre y rodando sin cesar para la televisión y el cine. Nos han invitado a un encuentro consagrado a los westerns italianos , ese género efímero (sólo duró unos diez años, de 1965 a 1975), hoy extinto, aunque muy presente en la pequeña pantalla y al que Alex de la Iglesia va a rendir homenaje en su nueva película 800 balas , actualmente en rodaje. Su representante mas célebre fue Sergio Leone, autor de Por un puñado de dólares , el film fundador. Torella es la ciudad natal del padre de Sergio Leone, tambien cineasta célebre del cine mudo, que firmaba con el pseudónimo Roberto Roberti. El organizador del evento, Gianni Miná, muy amigo de Sergio Leone, es un periodista mítico, uno de los grandes conocedores europeos de Latinoamérica, confidente de todos los revolucionarios sudamericanos, de Che Guevara a Torrijos, de Camilo Torres al subcomandante Marcos, y autor de un inolvidable libro de conversaciones con Fidel Castro. Miná recuerda que hace unos años escribí un estudio sobre el spaghetti western -recogido en el libro La golosina visual , Debate, Madrid, 2000-, en el que traté de demostrar que el molde espectacular y trivial de esas películas populares había sido utilizado por algunos realizadores de cine político (y por guionistas muy comprometidos, como Franco Solinas), tanto en Italia como en España, para difundir clandestinamente un discurso insurreccional de izquierda. Para ellos, el western italiano era un puro simulacro, un artificio, que exagera la teatralidad de las situaciones e insiste sobre todos los aspectos falsos de las situaciones, del decorado, del maquillaje, para acabar de darle a la obra su carácter central de composición barroca. En vez de contar la gesta de un pueblo (la conquista del Oeste por los pioneros), estas películas narran las aventuras individuales de un personaje principal, un buscón que a base de artimañas e ingenio trata de resolver sus problemas de supervivencia. El spaghetti western es un relato picaresco, nunca épico. Damiani viene a Torella a presentar uno de sus westerns más emblemáticos, Yo soy la revolución , interpretado por Gian Maria Volonté, Lou Castel y Klaus Kinski, y basado en un guión de Franco Solinas. El relato transcurre durante la revolución mexicana de 1910. Un agente norteamericano consigue introducirse en una pandilla de bandidos revolucionarios , se hace amigo del jefe, apodado El Chuncho , y puede así acercarse al general insurgente que logra finalmente abatir. Rodado en 1967, en plena guerra de Vietnam y el año mismo en que mataron, en Bolivia, a Che Guevara, este film denuncia -con imágenes espléndidas que recuerdan las de Eisenstein en ¡Que viva México!- la situación desesperada del campesinado latinoamericano y la actitud cínica de los Estados Unidos. Los críticos y los intelectuales que tanto despreciaron estas películas se equivocaron al acusarlas de traicionar el modelo original, o de ser unas vulgares y feas caricaturas desprovistas de sentido épico. Como nos decía Damiani, no supieron ver que no se trataba de una imitación, sino de un género nuevo basado apenas en el recuerdo de una tradición cinematográfica, y no en la historia real del Oeste. No eran elogios de la violencia gratuita, sino subversivas metáforas políticas.