AHORA QUE lo pienso, debajo del scalextric , cerca de casa de mis padres, siempre ha habido unas pintadas estupendas. Las hacía un señor con gafas que, hace unos años, firmaba como Semainen. Lo recuerdo ceñudo, concentrado, perplejo ante la punta gruesa de su rotulador. Hará veinte años de eso. Ahora obvia la firma. La sabiduría popular se expone en las paredes, son signos obscenos y sentencias lapidarias. Mientras un chaval de Labañou grita por las paredes «Te quiero Merche» y otro repite hasta el hartazgo «Puta Vigo» y varias mocitas escriben poemas de amor y muerte en las puertas de los urinarios de los bares, Semainen comenta la actualidad y redime los anuncios de bañadores y de coches. Aquí en la calle de Alcalá hay un guitarrista de párpados caídos que toca Suspiros de España . Ayer de vuelta del cine paseando por esta ciudad vacía y extrañamente limpia, se levantó un viento, fresco, reconstituyente, saludable. Pasé por delante de un restorán caro, mientras mis chancletas y las de mi acompañante hacían chof, chof, y vi cómo Sara Montiel, y su hermana y su novio cubano y su madre cubana, salían en dirección a un coche en doble fila. Sara estaba estupenda con una melena muy elegante y su hermana y la madre de su novio también estaban muy contentas. El novio iba vestido con un traje oscuro y sonreía. En Madrid los testigos de Jehová salen muchísimo por la noche y en la Puerta del Sol hay unos mormones con unas instalaciones de megafonía del copón. Además, se han casado Jesulín y Marta Sánchez. Las ciudades están vacías; todos los que atestaban las acera están ahora juntos en la playa cocinando en hornillos, intercambiando croquetas y bailando el chunda chunda. Estoy feliz, sólo quedamos yo y un marabú que se ha mudado a mi barrio y que reparte esquelas en la boca del metro: «Profesor keita gran vidente africano soluciona todos los problemas en su vida de amor. Recuperación de pareja en siete días. Fuerte atracción». Leí que en la parisina Rue Monsieur-le-Prince, donde Rimbaud escribió algunas de las Iluminaciones , con solo dieciocho años, Blaise Pascal tuvo, dos siglos antes, el 23 de noviembre de 1654 su famosa «noche de fuego» en que se le reveló la beatitud divina. Pascal anotó su experiencia y cosió las anotaciones en el forro de su hábito. Guardó aquel secreto hasta su muerte. Lo corriente convive con lo sublime. Quién sabe, quizás cuando subimos al autobús nos estemos cruzando con una santa mormona o con un extraterrestre pseudo-místico, con Sara Montiel o con Agustín Bravo. O quizás mañana nos llame un amigo que no habíamos visto desde hace siglos.