HASTA AQUÍ hemos llegado, dijo el presidente, y la mayoría de los españoles han aplaudido en silencio en sus casas. Y, en efecto, ¿se puede soportar el asesinato de una niña, una criatura de seis años edad? ¿Se puede soportar que se siembre el terror en una pacífica zona turística, matando por matar, destruyendo por destruir? Y, al mismo tiempo, ¿se puede soportar que una organización política se niegue a condenar ese crimen, como ayer se negó en el Ayuntamiento de Vitoria? La dureza que expresó el presidente, al llamar basura a ese partido, también es compartida y aplaudida por la mayoría de la sociedad. A partir de estas reflexiones, la ilegalización de Batasuna sólo es cuestión de tiempo para cumplir la previsión legal. Negarse a condenar un atentado terrorista es uno de los supuestos de la Ley de Partidos. Y, escuchados los mensajes de ayer, se puede certificar que todas las iniciativas políticas se orientan en ese sentido. Aznar supo tocar el sentimiento: es intolerable que algunos se paseen chulos por la calle, mientras el resto del pueblo llora sus víctimas y se ve directamente amenazado. La dignidad de un país exige que se responda con dureza. Desde la legalidad, pero con dureza. El fondo del mal Dicho eso, hay que advertir a la sociedad que ilegalizar a Batasuna es una exigencia ética, pero no la solución definitiva al terrorismo. Se pueden y deben esperar nuevos crímenes por la triste razón de que sigue habiendo criminales dispuestos a matar. Y hay que fijarse en cuál es el fondo del mal. Se vio ayer, en un Ibarretxe que sale a la calle a lamentar el atentado, pero no sabe o no quiere romper con el brazo político de los asesinos. Esa confusión, ese drama mental, es el problema. Tenemos un nacionalismo que aparenta saber llorar un crimen, pero está obligado a sentirse tolerante con sus cómplices. Mientras ocurra así, con Batasuna legal o ilegal, veremos sangre derramada.