ÁFRICA ES un continente condicionado por su situación geoestratégica, su potencial de recursos, su historia de colonizaciones arrasadoras y una complejidad étnica, cultural, religiosa y política que lo convierten en un gigante dormido. Su franja más septentrional nos resulta especialmente cercana a los europeos por compartir un espacio comercial y cultural tan relevante como el Mediterráneo, con vínculos anteriores a la hegemonía greco-latina, al cristianismo y al islam. Pero las relaciones de Europa con sus vecinos meridionales no pueden ser peores y las de los países norteafricanos entre sí o dentro de ellos con sus diferentes poblaciones, nos trasladan a una situación de crisis no resuelta. Marruecos se moviliza para recuperar Ceuta y Melilla, pero tiene pendiente la autonomía o autodeterminación del Sahara Occidental en su propio territorio. Argelia padece la sangría del pueblo bereber en su lucha por recuperar la Cabilia y el derecho a disfrutar de su lengua y cultura -anteriores a la romanización y a la dominación árabe- extendidas por amplias zonas de Marruecos, Túnez y Mauritania. El cometido que se reserva la ONU en este escenario es la defensa, sin disimulo, de los intereses norteamericanos, mientras que Europa, con dos países como España y Francia tan vinculados históricamente con este enclave, ignora su responsabilidad y su capacidad de mediación porque la política exterior común sigue siendo una asignatura pendiente en un espacio unido hasta ahora sólamente por intereses económicos. Tendremos que percibir a ese sur que es para nosotros el norte africano con otra mirada y comprometernos con la paz y el progreso de nuestros vecinos porque es una cuestión de justicia y por lo que nos va en ello.