ES POSIBLE que yo sea un tipo raro, y que me haya especializado en ver las cosas al revés de cómo las percibe todo el mundo. Pero, aún a riesgo de confirmar tan terrible sospecha, tengo que confesarles que entendí perfectamente lo que quería decir Jordi Pujol cuando acusó a Aznar de igualar a Cataluña con Cuenca, y que no veo nada de despectivo en una comparación que, por elegir dos realidades muy distintas en lo político, lo social y lo económico, permite explicar en sólo dos líneas lo que otros no resuelven en dos tomos. Claro que el acierto de esa comparación no palía los errores cometidos por el propio Pujol en el desarrollo del proceso autonómico, ni debería impedir que le recordemos con cierta sorna que fue él, y no los de Cuenca, el que creó el «monstruo» que ahora le espanta, que fue Cataluña, y no Castilla-La Mancha, la que cobró los réditos de aquella política claramente clientelar, y que todo este disparate se formó y creció hablando catalán en la intimidad, y no recitando el Quijote. También habría que recordarle al propio Pujol, y al presidente Bono, que el problema planteado por la comparación pujolista se puede resolver en dos direcciones: presionando sobre el desarrollo político de Cataluña, para ganar cierta diferencia con Cuenca, o presionando sobre el desarrollo político y económico de Cuenca, para que a los catalanes no les haga de menos la comparación con los conquenses. Y en ese punto no debemos olvidar que Pujol es la primera víctima de su estrategia de la diferencia. Porque, lejos de entender el nacionalismo como una forma de organización del Estado, que sólo funciona cuando se acepta la generalización de sus principios, siempre luchó por un nacionalismo de élites, que marca el privilegio de unos sobre otros, y que convierte en cualidad o mérito del pueblo propio lo que a veces no pasa de ser un regalo de la naturaleza. Finalmente podríamos decirle que el pacto constitucional fue administrado por Pujol y el electorado catalán en mucha mayor medida de lo que pudieron hacer los castellanos, gallegos o andaluces, y que si ahora se trae a andanas sobre el resultado general de sus apaños, no tiene derecho a pasarnos la factura de sus propias consumiciones. Todo eso se le puede decir a Pujol, sin necesidad de decir y escribir las tonterías que dijo Bono, buscando un protagonismo donde no lo tiene y creando un problema donde no lo hay. Sólo faltaría que para hablar de España, tuviésemos que andar como pisahuevos, o que, llenándonos de balón en un panorama político casi idílico, acabemos montando problemas que no tenemos, para aplicar las geniales soluciones que hemos creado previamente.