50.000 ejemplares de Proust

|EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

PILAR CANICOBA

31 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

HACE MEDIO siglo la editorial Juventud publicó a un buen número de grandes autores en unos libros cuyo diseño ofrecía en las páginas impares unas viñetas cuyo relato coincidía con el del texto publicado en las páginas pares. Se trataba de una fórmula editorial más elaborada de lo que ahora puede parecer, en la que se mezclaba una técnica procedente de los antiguos textos iluminados con otra arrimada a los revolucionarios recursos en cuya investigación andaban los guionistas y dibujantes de lo que entonces se conocía como historietas, tiras cómicas y tebeos . Esta segunda técnica se encaminaría luego por los vericuetos del cómic más o menos desaforado y pendenciero, iconoclasta, oportunista, voluntariosamente casposo y no menos voluntariosamente refinado y exquisito, hasta entrar de lleno en los dominios del disparate psicodélico y la empanada mental. Lo interesante es que ese desarrollo intelectual y técnico de la ilustración comiquera -por así decir- supo hacer sumamente rentable su flexible relación con la imagen cinematográfica, hasta demostrar que su autonomía le facilitaba ofrecer obras maestras como El Príncipe Valiente de Harold Foster, adelantar piruetas que el cine aprovechó con la espectacularidad de las versiones de Batman, y desaprovechó en el caso de El Hombre Enmascarado, y dejar bien claro que la pornografía es una tensa ociosidad de la mente que cristaliza mucho mejor en el dibujo que en la fotografía o en la película. Todo esto que digo no tendría la menor importancia si no fuera porque un avispado editor francés ha logrado vender 50.000 ejemplares del primer tomo de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, puesto en viñetas dibujadas por Stéphane Heuet. Aqui todos los que tenemos algo que ver con la industria editorial nos reunimos para marear la perdiz, llorar como si fueramos de la hostelería, y urdir enjuagues para seguir airosos, y, de repente, alguien opta por que le tilden de hereje, publica a Marcel Proust en viñetas y se lo lleva crudo. Antes de que cualquiera de los concernidos ponga al francés a parir conviene tentarse la ropa, pues en Japón se ha producido un fenómeno bastante similar. Cuando las familias niponas comenzaban a estar hasta el gorro de ver a sus hijos colgados del Nintendo y del Pokemon, el semanario Shonen Jump decidió publicar en viñetas la historia de Hikaru no Go. Hikaru es un chaval que un día encuentra un viejo tablero de Go. El Go es un taimado juego parecido a las damas, inventado en China hace 4.000 años y que, trasplantado al Japón, se convirtió en el entretenimiento ritual de los samurais. Pues, bien, el tablero que encuentra Hikaru es la residencia del espíritu de Fujiwara no Sai, un maestro Go de la dinastía Hein (siglos VIII a XII dJC). El fantasma de Fujiwara entra en contacto con Hikaru y el resultado es un chaval convertido en campeón de Go y, por lo tanto, capaz de resolver peripecias e intrigas contemporáneas tal cual lo haría un samurai maestro de Go. Una mezcla -para entendernos- de Pequeño Saltamontes y Harry Potter, que ha vendido 16 millones de ejemplares, dando lugar a una serie de televisión y a una pasmosa y ejemplar mejoría de los modales y el comportamiento de los niños nipones. Ya lo dijo Stendhal: el espejo es un cómic.