Admiración y pena

RAMÓN CHAO

OPINIÓN

25 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

EL VIAJE de un anciano de 82 años, roído por la enfermedad y el trabajo; un viaje que le lleva de Roma a Canadá al que se añaden las etapas de México y Guatemala inspira sentimientos contrarios. Juan Pablo II lanza tres desafíos: uno a sí mismo, a su resistencia física; otro a su entorno y finalmente a la humanidad entera. Desde hace años, el jefe de la Iglesia romana lucha contra la enfermedad (y un terrible atentado), mas también contra su propia jerarquía, algunos de cuyos miembros, como el alemán Ratzinger o el hondureño Rodríguez Madariaga, han evocado públicamente una posible renuncia del Papa, rindiendo, eso sí, un exaltado homenaje a su coraje, lo cual insinúa la incapacidad de que se mantenga al frente de una empresa tan compleja y poderosa como es la católica. El periplo que ahora emprende no deja lugar a dudas sobre la determinación de Wojtyla de apurar el cáliz del martirio hasta el final de su vida. Bien se lo dijo a Vittorio Mesori, escritor italiano que le reproduce en el Corriere della Sera , «La fuerza para continuar con mi misión no es asunto mío, sino de Cristo. Él me puso en este lugar, y Él habrá de decidir cuándo me retira». Su asistencia a estas Jornadas mundiales de la Juventud en Toronto es un reto que se presenta bajo los peores auspicios. Ya antes de llegar, y aprovechando su próxima presencia, se declararon en huelga 24.OOO empleados municipales, lo cual hizo que se acumularan las basuras en las calles. El gobernador de Ontario hubo de recurrir a la fuerza para imponer la reanudación del trabajo, pero la preparación del festejo sufrió un retraso considerable. Tampoco el terreno canadiense está fertilmente abonado por sus pastores: muchos de ellos dieron lugar a escándalos de pedofilia en los años cincuenta y sesenta, que mermaron el prestigio de la Iglesia vaticana. Esto, unido a las dificultades financieras que conoce la de Canadá, hace que apenas el 40 por ciento de los canadienses confiesen ser católicos, y solamente el 12 por ciento de ellos acuden a misa. Escasean las vocaciones sacerdotales, y el clero que perdura se halla en la última etapa. 10.500 sacerdotes han de cubrir el inmenso territorio del país, e incapaces de conservar un patrimonio religioso considerable, los episcopados venden conventos, solares e incluso iglesias. Para más inri, desde ahora se anticipa que la conferencia de Toronto alcanzará un déficit de 25 millones de dólares canadienses (cerca de 16,5 millones de euros), debido a la escasez de inscripciones... como consecuencia -dicen los organizadores- a los atentados del 11 de septiembre: se han reforzado las medidas de seguridad y los peregrinos extranjeros se lo piensan antes de acudir a la cita canadiense. Eso sin contar que el Ministerio de emigración ha efectuado una discriminación, negando la entrada en el país a 6.000 personas para ellas sospechosas. Según la policía, éstas no pudieron demostrar que deseaban entrar en Canadá por un periodo determinado y luego regresar a sus lugares. Ottawa asegura que únicamente se restringieron los visados a los dominicanos y a los haitianos, cuyas solicitudes «dejaban prever una oleada de inmigración clandestina». El magno acontecimiento, posiblemente hito en la vida y en la misión de un papa que ayudó a la caída del muro de Berlín y de los regímenes comunistas del este de Europa, se desarrollará bajo medidas de seguridad excepcionales. No sólo por temor a los posibles atentados terroristas o por el desbordamiento de algunas manifestaciones previstas (contra y por el aborto, contra la pedofilia, y contra la miseria), sino además, para controlar a la multitud, los policías de Toronto gozarán de la ayuda de la policía provincial y de la Gendarmería real de Canadá.