¿Dónde está la Patria?

OPINIÓN

24 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

SI ES NECESARIO que el hijo rompa con su padre para afianzar su personalidad y alcanzar su madurez, ¿cómo puede discutirse la conveniencia de que el ciudadano se distancie de la patria para alcanzar su plena libertad y su madurez cívica?. Ya sé que, a primera vista, este paralalelismo resulta provocador. Pero estoy seguro de que le parecerá muy normal si piensa que se trata de dos realidades que en su origen compartieron raíz y significado, y que algo de absurdo debe haber en esa convicción subconsciente de que hay que darle a la tierra y al solar de nacimiento lo que antes o después le negamos a nuestros padres. Una patria no puede ser un destino fatal que, una vez aceptado por el simple hecho de nacer, nos impone, no sólo su presente y su futuro, sino también la historia que determina nuestra manera de ser en el mundo. Y por eso es necesario que ganemos autonomía moral y cívica frente a la patria y a sus presuntos administradores y albaceas, para asumir nuestra realidad social con ese profundo sentido de la libertad que sólo se adhiere a lo que de verdad nos convence, motiva e interesa. Y si usted piensa -como Aznar- que esta manera de expresarse es fruto de una crisis pasejera que afecta a los valores más acrisolados por la historia, no olvide que hace ya dos milenios que Cicerón definió la patria con ese sentido liberador que aparta los ojos del suelo para ponerlos en el hombre. Patria est ubicunque es bene -la patria está donde se está bien-, y sólo tiene sentido si, lejos de ser una limitación fatalista de nuestro mundo, se convierte en un potenciador de nuestras aspiraciones. Hoy nadie niega que el mundo se transforma y empequeñece a gran velocidad, aunque también sea cierto que estamos en un momento de estupor y miedo frente a esos cambios, que aviva la tentación de aferrarse a todos los padres y a todas las patrias que nos dieron seguridad en el pasado y nos vendan los ojos frente al futuro. Pero si inútil resulta ponerle puertas al campo, peor me parece hacer la historia con moldes ya anticuados. Por eso me temo que el Día da Patria Galega , cada vez más manoseado en todas las direcciones, empiece a quedar reseso y anclado en las inercias colectivas, mientras la gente pone sus ojos y esperanzas en mundos nuevos y más grandes. Y por eso estoy convencido de que los rebrotes de patriotismo estéticista que jalonan el día de Santiago, empiezan a oler a pura nostalgia de un tiempo y una sociedad que se nos escurre de las manos. Y es que, a pesar de las apariencias, lo más importante del Camino de Santiago no fue el arrastre de la gente hacia el Fin del Mundo, sino el darnos la posibilidad de hacer, con plena cociencia y libertad, el camino de vuelta.