Lo de hacerle a alguien la vida imposible en el trabajo, hundiendo su moral y expectativas es tan viejo como la empresa misma. Ahora se le llama mobbing -de mob , atropellar-, que aquí traducimos por un complicado «acoso moral en el trabajo». Resulta molesto, al menos para mí, que haya que acudir al moderno inglés para nominar conductas habituales desde el Pleistoceno. Pero, sea como fuere, no deja esto de tener una consecuencia positiva: que se hable del fenómeno y que pretenda abordarse. Cuando a algo se le pone un nombre, ese algo sale del anonimato, se hace nuestro, reconocible y, por tanto, tratable. En Francia, esa actitud de hostigamiento de alguien en su trabajo, sometido a todo tipo de vejaciones, que destruye su autoestima y conduce casi siempre a una salida de la empresa, se tipifica ya como delito, castigado con multas de hasta 60.000 euros y penas de hasta tres años de cárcel. En nuestro Congreso de los Diputados se han presentado por la oposición varias proposiciones de ley en este sentido. Pero se han rechazado «a la espera de una futura normativa europea». Un 11,4% de acosada población activa española continúa aguardando pacientemente. Bien se ve que a los diputados nadie los acosa.