Existe toda una mística del viaje, una mística de la aventura y de la huída. Cuando llega el buen tiempo, nuestro nomadismo, la parte de nosotros que sigue por las noches dedicada al pastoreo, se despierta y reclama satisfacción. África se alza entonces en el atlas, igual de provocadora y misteriosa. África continente oscuro y femenino que tanto deseo provocó en los aventureros ingleses, en los niños lectores en cuartos empapelados de manzanas. Hace un mes en un bar de la calle de Alcalá, Javier Reverte y su hermano Jorge brindaban con un gintónic despidiéndose. Javier me preguntó por mi hermano Eduardo. «Me voy un par de meses al Amazonas», dijo. Todos escapamos -o deseamos hacerlo- aunque, como decía el poeta, toda huída sea inútil y toda ciudad la misma ciudad. Algunos se van a Soria, otros a Murcia, los hay que se quedan en su piso viejo, con las ventanas tapadas, leyendo incesantemente libros alucinógenos. Mi amigo Fernando, que desde hace diez años no duerme más que cuatro horas diarias, se va a Zanzíbar a escribir una novela. Igor se queda en el Foro para asistir a unos cursos del Inem pero se escapará -sin falta, dice- al Festival de Benicassim: quiere ver a Radiohead. Algunos, muchos, se quedan trabajando en bares, en taxis, o haciendo horas extras de verano que les pagan mal o no les pagan. Hay quien no cree en el viaje, hay quien cree que el mundo no existe, que el mundo no es más que un telón de fondo, un decorado en cartón piedra para nuestros ojos ciegos, que el mundo no existe y que caminar es inútil. El Nilo y el Amazonas se confunden en una única corriente subterránea que atraviesa nuestras venas y que no es más que agua y cambio y fluidez. Zancada en el fango Para éstos, cada paso que damos no es más que una zancada floja en medio del fango: no avanzamos, como Sísifo, todo es igual y todo cambia para que nada cambie. Somos el mismo hombre, la misma mujer que se peina en el espejo, cada amor es siempre el mismo amor y cada injusticia se repite eternamente en todas partes. No es más feliz un europeo sentado en su wolkswagen que una cabra rijosa pastando en el islote Perejil. Y el skin que apuntaba a Chirac con un revolver, era aún un chiquillo comiendo galletas príncipe, frente a Heidi, en los suburbios de Lille o de Créteil. Queremos escapar pero no hay a dónde. Ayer en el Orzán me bañé en el mar mercurial y frío de mi infancia, ese mar que está acariciando al mismo tiempo y ahora mismo las costas ajenas de Nueva York o de Ciudad del Cabo.