Hasta ahora, todos preguntábamos en voz baja qué hace la Corona en la crisis de Marruecos; por qué razón dos reyes que se consideran hermanos permitieron que se llegara a una situación tan grave. Todos lo pensamos y pocos lo dijeron, quizá porque se entendió que Perejil se conducía desde el nivel adecuado: el del Gobierno. Parecía suficiente que Don Juan Carlos estuviera informado en todo momento. Y estar informado a ese nivel supone expresar la propia opinión. Pero en éstas salió Pujol y echó una cucharilla de veneno. A la crisis internacional añadió ponzoña institucional. Culpó a Aznar de no permitir la mediación real, con un fondo que suena a secuestro de la voluntad del monarca: «El Rey está dispuesto, pero no puede hacerlo por su cuenta». Y apostilló: «Es sintomático de que algo no funciona». ¿Qué es lo que no funciona? ¿La relación entre Moncloa y Zarzuela? ¿El entendimiento del papel de la Corona? ¿O es que Aznar se comportó como un jefe de estado-bis, impidiendo que le hiciera sobra Su Majestad? El debate es muy interesante, incluso apasionante pero absurdo. Primero, por razones constitucionales: al Rey sólo le correspondería -y previa aprobación de las Cortes- declarar la guerra, extremo al que no se ha llegado. Segundo, por razones de nivel: el Rey no puede intervenir en todos los conflictos que se plantean con el exterior. Tercero, por razones de eficacia: ante un pulso militar, se da una respuesta militar. Cuarto, por razones de utilidad: la mediación del Rey es un recurso último, cuando se han agotado todos los demás. Y quinto, por razones de estabilidad: un fracaso de la Corona en Perejil sería un fracaso de la Jefatura del Estado. El Rey Juan Carlos ha mandado en esta crisis todo lo que tenía que mandar; es decir, mucho. Lo que ocurre es que lo hizo discretamente, sin hacer comunicados ni salirse un milímetro de la línea que une la Zarzuela y la Moncloa. A lo mejor, lo que pasa ahora es que el señor Pujol echó en falta una llamada que dijera: «Tranquil, Jordi, tranquil».