SOBRE EL ALCANCE DE LAS OPINIONES

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

17 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Un gobierno no es una mesa de debate ni un think-tank sino un centro de decisiones cuyo acierto es una de las garantías de la prolongación de ese gobierno. La opinión sin fisuras entre quienes lo integran es otra de las garantías, aunque más bien aparente, pues la democracia tiene poco que ver con un estado de opinión sin fisuras. Es casi de Perogrullo señalar que la democracia se inventó en función, precisamente, de las fisuras en la opinión, y como la respuesta menos mala a lo que podríamos llamar «el estado de las opiniones». Y como esa es la realidad, cualquier gobierno sin fisuras en la opinión de sus integrantes tendría menos que ver con la democracia que con la tiranía, en el peor de los casos, o con la inopia -que no sería el mejor de los casos si se considera que el gobierno de un necio suele ser peor que el de un autócrata-. De modo que, por muy al contrario que parezca, un gabinete con fisuras en la opinión de quienes lo forman es algo bastante normal en democracia; tan normal como la discrepancia y como el hecho de que las opiniones dependen de unos principios subjetivos, y proceden de unos intereses objetivos, tan objetivos como la realidad, y tan contradictorios como la realidad misma. No es mi intención referirme a lo que pueda haber de conflicto entre las opiniones de Francisco Álvarez Cascos y de Javier Arenas, sino a lo que está pasando en el gobierno de los Estados Unidos, donde el Secretario de Estado, Colin Powell, y el de Defensa, Donald Rumsfeld, mantienen opiniones muy distintas en cuanto a lo que hacer en Oriente Medio. Powell defiende el apoyo activo de los Estados Unidos a la creación de un estado Palestino, siquiera «provisional». Rumsfeld querría ver a los Estados Unidos apartados del avispero de Oriente Medio. El Pentágono y el vicepresidente, Dick Cheney, no están dispuestos a ceder a Yaser Arafat la mínima cosa que pueda parecer una concesión a la presión terrorista. El presidente George Bush, por su parte, ha dejado bien claro que lo que quiere es ver a Arafat fuera de ese escenario en el que, según se dice, no ha tenido el mínimo escrúpulo en autorizar un pago de 20.000 dólares a la organización terrorista de los Mártires de al-Aqsa. Colin Powell lo tiene bastante feo, sobre todo porque sus ideas respecto a lo que América debería hacer o dejar de hacer en Oriente Medio, se enfrentan menos con lo que pase o deje de pasar en Palestina que con lo que está pasando en Estados Unidos en relación con los ocho escándalos financieros acumulados durante los últimos meses, y que constituyen el contexto en el que se insertan las sospechas sobre el presidente y el vicepresidente. Del primero se sabe que manejó información privilegiada para obtener unos beneficios millonarios cuando formaba parte de la Harken Energy Corporation, una empresa entre cuyas vicisitudes y relaciones hay de todo cuanto irrita al votante americano: contactos con Arabia Saudita, tapaderas de la CIA, y familiares de Bin Laden. Al segundo se le acusa de algo más grave, como es la manipulación de las cuentas de la petrolera Halliburton cuando desempeñaba su presidencia. Si a eso se añade la posibilidad de que esos escándalos provoquen un «efecto dominó» en un buen número de compañías y empresas, y que ese efecto abra paso a que los Demócratas consoliden su mayoría en el Senado y la alcancen en la Cámara de Representantes, el escenario dibuja una perspectiva durante la segunda mitad de la legislatura tan mala para Bush, que lo pondrá a buscar todos los votos habidos y por haber, cosa que en Estados Unidos significa la suma de los votos conservadores cristianos y de los radicales judíos. De modo que Powell no lo tiene fácil. Nada que ver con Cascos y Arenas.