Supongo que la pregunta de esta mañana es: ¿quién ha ganado? Todos los años nos pasa lo mismo: después de ver un debate sobre el estado de la Nación, no preguntamos cómo está España, sino quién ha ganado. Y esta vez no está tan claro. En los discursos iniciales, Aznar fue más contundente. Zapatero estuvo disperso. En el mano a mano, Zapatero se creció y Aznar no tuvo la eficacia parlamentaria a que nos tiene acostumbrados. O sea que, formalmente, podemos hablar de un empate técnico. En cuanto al contenido, este debate tenía que haber entrado con más profundidad en los grandes problemas que España tiene planteados: el ultimátum de los nacionalistas vascos y la ocupación marroquí de la isla del Perejil. Se pasó sobre ellos como sobre ascuas, lo cual es un déficit habitual del Parlamento. Los líderes acuden a las citas con el guión preparado, y tienen miedo escénico a las cuestiones candentes. Fue más interesante lo que ocurría fuera del hemiciclo, cuando Rabat dijo que no se marcharía del islote, y la OTAN calificó la invasión como gesto inamistoso. Creo que ese ambiente externo influyó en el estado de ánimo del presidente: tiene que ser muy difícil pensar en los más graves conflictos que ha tenido España en varios lustros y, al mismo tiempo, explicarle el déficit a Zapatero. Lo más sustantivo que nos queda es un programa de gobierno para los próximos dos años; un paquete de iniciativas legislativas que abarcan desde la seguridad ciudadana a la inmigración. No es literalmente una segunda investidura , como lo calificó Zapatero, pero se le parece bastante. Son las tareas que tiene que acometer el nuevo Gobierno. Frente a ellas, la oposición socialista no ofreció nada concreto. Nos remitió al futuro programa electoral. Es decir, que Zapatero hace de sus propuestas una cuestión de fe, en el sentido que decía el catecismo del padre Astete: creer lo que no vimos. Y me parece que las cuestiones de fe sólo son aceptadas por los propios militantes y los diputados. Por eso aplaudieron tanto.