Si usted analiza el discurso del PP sobre la política vasca se dará cuenta de que todo su afán consiste en demostrar que sus posiciones son más razonables que las del PNV, más legales y más correctas que las de Batasuna, más comprometidas y honradas que las del PSOE y más humanas y morales que las de ETA. Y por eso suponen que usted debe estar encantado con el Gobierno, respaldarlo con su actitud ciudadana, y armarse de paciencia y resignación hasta que Arzalluz se arrepienta y los terroristas se queden sin munición. Lo mismo sucede, mutatis mutandis , con la oposición. Su afán consiste en demostrar que son razonables, que saben comportarse con corrección institucional, y que nunca discrepan del Gobierno en los asuntos de Estado. Y por eso suponen que les vamos a agradecer su ñoñería política, y que los vamos a situar en la Moncloa tan pronto como nos aburramos de las cartesianas obviedades de Aznar. No se dan cuenta, en cambio, de que todo eso va de suyo, tanto para los políticos en activo como para los ciudadanos que ejercemos cualquier responsabilidad, y de que la idea de gobernar, o de oponerse al que gobierna, se mide en la eficacia con que se gestan las soluciones o se presentan las alternativas. La situación del País Vasco, por ejemplo, es mucho más preocupante que la de hace ocho años. Y eso, por mucha cara de bueno que ponga Mayor Oreja, y por muy cartesiano y pausado que hable Mariano Rajoy, es un gran desastre nacional, que debería acarrear la censura de los ciudadanos. Y lo mismo podríamos decir de las relaciones con Marruecos, que, por mucha razón que nos asistiese en la negociación pesquera, y por más callos que nos pisen en el problema de la inmigración y en la crisis de la Isla Perejil, no justifican que la posición de España se haya deteriorado de una manera imprudente e innecesaria, ya sea por falta de tacto diplomático o por carecer de una estrategia definida en los problemas del norte de África. En tales supuestos el deber de la oposición no consiste en arropar a un Gobierno que, en términos institucionales, goza del privilegio de dirigir y mandar, sino en diseñar políticas alternativas que nos ayuden a razonar y entender lo que pasa y a escoger entre soluciones que, siendo posibles, patrióticas e institucionalmente viables, sean netamente diferentes. Si no se tiene claro que gobernar no consiste en razonar y encontrar disculpas para todos los problemas, sino en resolver esos problemas con independencia de su nivel de racionalidad, el debate sobre el estado de la nación es algo imposible y estéril. Porque la gente cree que lo que se hizo es lo que había que hacer, y que el pobre Aznar, a pesar de ser tan listo y trabajador, tiene toques de infortunio. Por eso es inexpugnable. Y por eso va a salir airoso otra vez, y con una oposición a la defensiva. ¿Por qué lo sé? Por lo mismo que sé que la cabra tira al monte y los peces al mar.