Bajando por la avenida Andrássy, a espaldas del Danubio y en dirección al monumento del Milenium, nos cruzamos con la calle Eötvös. Está jalonada, a ambos lados, por fachadas palaciegas de muy diversos estilos arquitectónicos. El edificio de la Embajada española es neorrenacentista. Adquirido en los años veinte del pasado siglo, fue incautado por el régimen comunista y luego, restablecidas las relaciones diplomáticas, devuelto a su antiguo propietario. Al igual que otros países la representación española, durante el período de entreguerras, no tenía la consideración de embajada sino el rango de legación. Por este motivo, en los años cuarenta, el joven diplomático Ángel Sanz Briz era el encargado de negocios y no el embajador. Subiendo las escaleras estaban las instalaciones de la cancillería y el consulado, y al fondo la residencia. Hoy esa primera planta son varios salones y, bajando unas escaleras, hay otro amplio espacio con una larga mesa de comedor frente a una gran ventanal que da al patio interior. He visitado muchas embajadas de nuestro país a lo largo del mundo, pero pocas me han causado tanta emoción como ésta, pues en este mismo espacio se albergó a cientos de judíos, sefarditas o no, para salvarles la vida de las huestes asesinas de Adolf Eichmann. Tantos eran -Oskar Schindler salvó a mil doscientos, mientras que Sanz Briz y Pelasca llegaron hasta los seis mil- que alquilaron pisos para alojarlos mientras se les preparaban los salvoconductos. En las calles Csanády, Pannonia, Návay Lajos en la plaza Szent István, donde se ha puesto una placa para recordarlo, aún se conservan los edificios-refugio. Giorgio Perlasca era un fascista italiano que había combatido en la guerra civil española. Bajo el amparo de su país se dedicaba a hacer negocios de alimentos entre ambas naciones, hasta que la situación ruinosa de la economía de guerra lo dejó a la intemperie. Sanz Briz lo conoció en Budapest, en 1942, y lo ayudó. Uno y otro fueron elementos esenciales para llevar a cabo esta labor humanitaria. Miklós Horthy, durante veinte años, dirigió dictatorialmente Hungría. Era profascista, pero logró mantenerse al margen de la guerra esperando obtener ayuda de los aliados que nunca llegó. Las tropas nazis entraron finalmente en el país para destronar a su tibio y traidor aliado. Horthy limitó los derechos a los judíos, los cercó en un gheto, pero también evitó la deportación y el asesinato masivo. A partir de entonces, las tropas invasoras con la colaboración de los cruzflechados se dedicaron a la masacre. Incluso cuando los soviéticos estaban a las puertas de la capital. De los novecientos mil judíos que había en Hungría quedaron doscientos mil, y de los doscientos mil de Budapest se salvaron la mitad. ¿Por qué Sanz Briz y Giorgio Perlasca hicieron esa acción corriendo riesgos personales y sin ayuda estatal? ¿Por qué jamás hicieron comentario alguno, ni se aprovecharon tras los nuevos rumbos de la política? Sanz Briz continuó su monótona carrera diplomática y murió sin revelar su secreto. Quizás pensó que había hecho una buena obra pero infringiendo las reglas jerárquicas de su profesión: no pidió permiso a sus superiores; o quizás, ¿estuvo por omisión en connivencia con ellos? Jaime Vándor, uno de los niños salvados, me comenta en Barcelona que sí hubo conocimiento de las autoridades españolas. Giorgio Perlasca malvivió el resto de su vida y murió en Padua, en 1991. Pocos meses antes de su desaparición fue descubierto por algunas de aquellas personas a quienes ayudó y, entonces, vislumbró el reconocimiento que el futuro le depararía. Nada más de extraordinario hubo en esas dos vidas y, sin embargo, aquel gesto valió por el resto. ¿Por qué hay que reconocer la bondad cuando esas acciones deberían ser el estado natural del hombre?, pensó quizás el diplomático. Sólo lo malo debe salir a la luz para su publicidad y castigo, debió pensar quizás Perlasca. Aún hay quienes desconfían de la generosidad y de la bondad, pues ya lo dijo Dante en la Comedia, « a piè del vero il dubbio » (al pie de la verdad la duda). Un día Primo Levi se atrevió a preguntarle a un guardia del campo de concentración si sabía los motivos de tanto horror. Él le contestó: «¡Aquí no hay ningún porqué!». ¿Cuál fue él por qué de aquellos dos justos? Sanz Briz y Perlasca debieron sentir vergüenza de la humanidad y prefirieron callarse, hacerlo anónimamente como si la humanidad misma se rebelase contra aquellas monstruosidades. Aunque la bibliografía sobre este asunto todavía es escasa descubro una anécdota curiosa relacionada con A Coruña. Una muchacha judía, Eva Lang (su verdadero nombre era Eva Königsberg); que no tenía ninguna relación con España, esgrimió como motivo para obtener su pasaporte el que un familiar suyo, László Stern, de paso por Galicia, se había enamorado de una coruñesa y quedado a vivir «en esta ciudad marítima con muchos ventanales acristalados». Parece que montó la tienda que amuebló el Pazo de Meirás. ¿Hay más pistas sobre este asunto?