EL RITMO DEL CAMINO

BLANCA RIESTRA

OPINIÓN

09 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Cuenta Süskind, en un cuento delicioso, la historia del señor Sommer, que caminaba durante días y noches sin rumbo fijo hasta quedar exhausto. Ayer, sentada frente a una cucaracha solitaria, detenida en el centro mismo del techo del cuarto de baño, pensé que nosotros somos un poco como esa cucaracha desorientada en medio de la blancura, somos un poco el señor Sommer. Venimos de una tribu de caminantes. Los peregrinos no van a Santiago sino que caminan hacia sí mismos. Dicen que Rimbaud, el poeta de dieciséis años, llegó a París a pie desde Charleville-Mézières. Caminaba sin cesar con las manos en los bolsillos, el paso firme ritmaba su pensamiento. Compuso sus mejores poemas en medio de los bosques. No abandonaría nunca la obsesión por la huida. El caminante nunca puede detenerse, siente la llamada de la noche al aire libre, densa y habitada. También Germain Nouveau, poeta sin obra, terminaría su vida como un vagabundo pobre de solemnidad, tras recorrer Europa a pie. Rezaba a un Dios del que había abominado pero que se le manifestó mientras comía un bistec de ternera en día de Vigilia. Nouveau, que trazaba cruces con la lengua sobre el suelo, muerto de hambre, abandonado de todos, en la Selva Negra. Cioran, el filósofo, llevaba muchos días sin poder dormir cuando tomó su bicicleta y se lanzó a las carreteras de Francia dispuesto a pedalear hasta caer exhausto. Concibió muchos de sus libros así, atravesando las pequeñas colinas, los cerros, las cañadas de su país de adopción, triunfando con su cansancio del insomnio. En Franny y Zooey, Salinger nos cuenta la tragedia de una adolescente que pretende rezar hasta el final la oración del peregrino. Consiste esta oración, predicada por un mujik ruso, en la repetición del mantra «Señor mío Jesucristo, apiádate de mí». Se supone que una vez que la oración se automatiza, cada latido de tu corazón repite, independientemente de la voluntad, la oración del peregrino para siempre, y cada respiración no es más que una oración en carne y hueso. Los musulmanes creen que el mar reza, creen que el flujo y el reflujo de las mareas, los ciclos naturales, son maneras que el mundo tiene de rezarle a Dios. Ayer releí el canto del muecín. Dice así: «Alabo la perfección de Dios el eterno (esto repetido tres veces cada vez más lentamente, en un registro agudo y puro). La perfección de Dios el Deseado, el Existente, el Singular, el Supremo; la perfección de Dios, el Único, el Solo, la perfección de Aquel que no tiene compañero ni compañera, ni nadie que se Le parezca, ni Le desobedezca, ni Le represente, que es igual y sin descendencia. Celebremos su perfección». En Alejandría, las calles conservan su perfume de paloma asada y los cinco sexos de la ciudad se desperezan. Caminemos.