La demencia senil, dicen, le ha salvado de ser fichado con sus huellas digitales y ser fotografiado de frente y de perfil. Entiendo que los códigos penales atiendan a estas cuestiones humanitarias, pero Pinochet es mucho más que un tipo enfermo. Es la estatua del dictador, el símbolo atroz del tirano, la genuina marca del poder cruel. Su causa no merece enterrarse en los archivos. Él tampoco tuvo piedad de los miles de hombres y mujeres que fueron torturados, asesinados, vejados mientras él y los suyos conducían los destinos de Chile como quien reparte juego en una timba de póker. Necesitamos una condena del dictador. No se trata de meterlo en una celda y tirar la llave. No se trata de negarle la ayuda médica que precise. Pero, para no mandar a la mierda el sistema en el que vivimos, precisamos que Pinochet sea condenado como el delincuente que fue. Dicen que la causa contra los otros implicados seguirá adelante. Menos mal. Aun así, el matiz de que Pinochet sea declarado culpable es vital, oxígeno para las víctimas de un régimen que sólo sentía desprecio por la vida humana. Él, que trató a los ciudadanos como chusma descalza y pelona, no merece mayor aprecio.