Los días de vino y rosas han terminado. José María Aznar lo sabe, y el presidente del Gobierno ha querido tranquilizar a los suyos ante las dificultades de una transición interna que se presenta compleja. Ni antes paseaban por el cielo , acompañados por San Pedro y por la inexistencia de una oposición sólida, ni ahora están ante las puertas del infierno que aparecen guardadas por los sindicatos. Pero Aznar es consciente de que el Partido Popular sufre la apertura de la primeras grietas como consecuencia de la lucha por la sucesión, que se presenta dura y sin concesiones. Su idea, en el sentido de que puede guardar silencio hasta el momento oportuno mientras los delfines colean y saltan en el estanque, es un grave error. Estamos hablando de la sucesión, a título de Rey , del jefe de la derecha española, y cada candidato y cada grupo económico, financiero y de comunicación, comienza a tomar posiciones en torno a cada uno de los delfines. Pensar que las aguas estarían tranquilas hasta que Aznar comunicara su solemne decisión es una ingenuidad. Francisco Álvarez Cascos, al expresar en voz alta lo que muchos piensan, ha disparado un chupinazo más fuerte que el de los Sanfermines y los toros ya corren por la calle Estafeta derrapando y tirando derrotes a izquierda y derecha. La fiesta se presenta movida. Porque, además, las claves de los dos triunfos de Aznar en las urnas están sufriendo un cambio irreversible. La inteligente estrategia del PP se basaba en cuatro pilares: el crecimiento económico y la generación de empleo, el diálogo social con los sindicatos, la unidad interna del partido y la existencia de una izquierda dedicada a lamerse las heridas. Pues bien, todos y cada uno de los pilares aparecen atacados por aluminosis. Después de casi cinco años creciendo más del 4 % anual y creando empleo, la economía española empezó este año creciendo el 2% y destruyendo empleo. Más de cien mil parados se incorporaron a las listas del Inem, la inflación está fuera de control, doblamos a la de la UE, y nuestros sueldos aparecen recortados mes tras mes. Visto lo visto, Rodrigo Rato decide imponer el decretazo , ampliamente exigido por la CEOE, con la esperanza de que los sindicatos no fueran capaces de reaccionar y salir a la calle. Pero no ha sido así y el Gobierno acusa el golpe. Por lo demás, la izquierda parece renacer de sus cenizas bajo el impulso del 20-J, y falta por saber si está dispuesta a coordinar una estrategia de oposición y de alternativa para transformar en votos y en ideas el hastío y cansancio que comienza a producir el Gobierno de Aznar. Pero el Partido Popular intentará reaccionar buscando los votos en los dos grandes caladeros mimados por Aznar: el conflicto vasco y la política de inmigración. La ilegalización de Batasuna y el choque con el PNV es una reserva de votos para el PP en el resto de España, y la inmigración, adoptando políticas duras, reagrupa a unas clases medias atemorizadas por la invasión de los extraños. El debate sobre el estado de la Nación se presenta interesante. Veremos.