Los militantes y dirigentes del PP disfrutan de una ventaja envidiable. No tienen que pensar. No necesitan esgrimirse las meninges , porque su formación se lo ha dejado claro. Nada de nuevos debates. Nada de corrientes ni familias. Todos unidos y cohesionados. A Álvarez Cascos se le ocurrió poner en entredicho la elaboración de encuestas para designar a los candidatos a las próximas elecciones municipales. Y más le valiera haberse dedicado a la pesca del salmón en el Eo. Porque lo que ha recibido ha sido una catarata de descalificaciones que hasta han obligado a Aznar a bajar los pies de la mesa que compartía con Bush y clarificar el panorama. Afortunadamente las cosas han quedado claras. En el PP no se admiten nuevas ideas, corrientes de opinión, nuevas propuestas, debates, ni aportaciones. No lo necesitan. El PP es lo suficientemente rico para no precisar ampliar sus límites programáticos. En el PP no hay debate interno. Como en el stalinismo. O en la Cuba castrista. Todos dispuestos a entonar el hosanna al líder carismático y mundial. Al héroe legendario. Las descalificaciones a Cascos son tranquilizadoras. Y además nos ha servido para saber que el partido que gobierna este país es un grupo de amigos bien avenidos. Como esa panda de colegas que se parte el alma por sacar adelante el equipo de fútbol del pueblo. Los populares han descartado los pareceres de sus militantes y dirigentes. No sólo los valoran, sino que los penan. Y eso que algunos cándidos creíamos que los partidos modernos se distinguían precisamente por el debate interno, por la aportación de ideas, y por el enriquecimiento ideológico. Pues no. Así que nos quedaremos sin saber que se opina más allá de Pedrafita, por ejemplo, sobre los candidatos a suceder a Manuel Fraga, sobre el escacharramiento de algunas de nuestras provincias y sobre las rapiñas de alcaldes, concejales y demás asociados a la escolanía que conforman la farándula política de éste nuestro país.