FIDEL NO QUIERE QUE SE LA TOQUEN

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

La Historia me absolverá, dijo Fidel Castro en 1953, hace casi medio siglo, cuando le quedaban seis años para hacerse con el poder y descubrir que quien le iba a absolver era la Unión Soviética a la que, a su vez, le quedaban cuatro décadas para hacerse una idea del desahucio que le reservaba la historia, escrita con o sin mayúscula. La historia es chunga, como la lluvia, y no por ella misma sino porque nunca llueve a gusto de todos y, por si fuera poco, tiende a la gota fría, a la ducha escocesa. Hace muchos años vivían en O Grove los hermanos Pinto, sabios pescadores. «¿Cuándo dejará de llover?», le preguntaba uno a Juan, el Pinto de peor leche, y Juan decía: «En cuanto descarguen las nubes por completo», sin dejar de limpiar sus peces en un cubo al pie de su casa, junto a la taberna de Moncho Lavandeiro, en una calle que se llamaría de los Hermanos Pinto si gozáramos de un ayuntamiento aíroso y con algo más de gracia. Pues bien, Fidel Castro ha decidido petrificar las nubes o, lo que es lo mismo, otorgar a los cubanos una constitución «irrevocable». El viejo lema «Patria o muerte» se ve, por esa vía, enriquecido con un adverbio de modo: «irrevocablemente», que añade chirrido a la cancioncilla, pues en cuanto a «Patria», el comandante ha revocado la de unos cuantos cubanos -puestos a vivir en Miami, o a echarse de novia a cualquier folklórica hispana contemporánea de José Martí- , y, por lo que respecta a la muerte, está bastante claro, en lo que a la historia concierne, que es irrevocable. Cabe también pensar que Fidel sabe o intuye que la Patria es, por encima o por debajo de cualquier noción, aquel lugar al que uno regresa, y que sea la hipótesis de ese regreso la que el líder de la Revolución pretende revocar de un modo irrevocable. La palabra, por otro lado, ha de ser para Fidel un concepto familiar, pues no ha dejado de aplicarlo desde que está en el poder y con la plenitud de sentido que Edward Gibbon señala en el capítulo III de su Decadencia y caída del Imperio Romano, dónde dice: «Los principios de la libertad se ven irrevocablemente perdidos en cuanto el poder legislativo es designado desde el ejecutivo». Así que, cincuenta años después de proclamar «La Historia me absolverá», Castro ha decidido que, por si acaso, es mejor prevenir la absolución y llevar todo el tinglado a la escena de lo irrevocable con el propósito de garantizar su conservación. Hanna Arendt también señaló en su día esa querencia: «El revolucionario más radical se convertirá en un conservador el día después de la revolución». Pocas cosas excitan tanto a los revolucionarios, una vez hecha la revolución, como pensar en lo mucho que les queda por pedalear hacia el contoneo de la Revolución y el ritmo de sus caderas en el horizonte del mañana puesto en los confines de un eterno pasado mañana. Es una excitación que afecta a las mejores familias, y todo político abriga en su interior a un revolucionario experto en acabar con lo revocable y dejarse llevar por la lujuria de lo irrevocable. Luis XIV revocó el Edicto de Nantes proclamado por Enrique IV. Stalin revocó la revolución de Trotsky en cuanto tuvo revocado a Lenín -al que dotó, por otro lado, de algo tan irrevocable como una vistosa momia de cuerpo entero-. La excitación revolucionaria es algo que a Castro le ha puesto cachondo toda la vida. No es tan extraño, pues, que a estas alturas pretenda hacer irrevocable su tumescencia y eternas, sus salpicaduras.