PÁNICO EN LAS BOLSAS

IGNACIO RAMONET

OPINIÓN

02 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Conocí a Joseph E. Stiglitz en La Habana en febrero pasado. Le acababan de conceder el Premio Nobel de Economía. Me lo presentó Fidel Castro en el teatro Carlos Marx donde iba a dar yo una conferencia sobre «propagandas silenciosas» en el marco de la Feria del Libro. Mientras se terminaba de llenar la sala y se ultimaban los preparativos para el acto pude charlar un largo rato con Stiglitz. Es un hombre de 59 años, grande, robusto, macizo, sin cuello, de cabeza redonda y semicalva directamente hincada en los hombros, tiene una barba corta y gris, y unas gafas redondas de montura metálica. Por su corpulencia y su barba recuerda vagamente la silueta del gran escritor Ernest Hemingway tan familiar antaño por esta misma Habana. Joseph E. Stiglitz ha sido asesor económico del presidente Clinton y luego vice-presidente del Banco Mundial del que dimitió con estrépito denunciando los escándalos de la globalización. Acaba de publicar un libro de indispensable lectura, recién salido en España, Malestar en la globalizacion , donde critica con una increíble ferocidad y con una precisión de entomólogo los errores garrafales del Fondo Monetario Internacional (FMI) y denuncia el efecto devastador que tiene la globalización sobre los países en vías de desarrollo y especialmente sobre los pobres de esos países. Me viene a la memoria aquella conversación con Stiglitz mientras leo en la prensa de estos últimos días los titulares sobre la cumbre del G8 en Kananaskis y sobre «el pánico en los mercados» y «la crisis financiera mundial» después de la quiebra fraudulenta de la empresa de telecomunicaciones Worldcom. Stiglitz me comentaba la primera quiebra gigante, en diciembre del 2001, de la empresa de energia Enron. «Las cuentas habían sido falseadas, sus deudas, 24 millardos de dolares, disimuladas, y sus dirigentes -que conocían perfectamente el desastre- estuvieron vendiendo hasta el último momento paquetes de acciones y ganando personalmente millones de dolares mientras los empleados que habían invertido todos sus ahorros en acciones de la empresa se arruinaban con la quiebra. A eso le llamo yo capitalismo de amiguetes . Stiglitz añadía: «Con el auge de la globalizacion, las grandes empresas se han acostumbrado a vivir en funcion de las Bolsas. Los accionistas se han convertido, en última instancia, en los verdaderos dirigentes de esas empresas. No los pequeños accionistas, evidentemente, sino los accionistas gigantes, los fondos de pensiones por ejemplo que poseen centenares de millones de dólares invertidos en todas las grandes Bolsas del mundo y cuyos caprichos pueden desestabilizar a cualquier empresa. Si una empresa no garantiza unos beneficios anuales superiores al 15% o al 17%, como mínimo, esos inversores se retiran, venden sus acciones y el valor de éstas se desploma. Por esa razón, las empresas tienen un imperativo de competitividad, es decir deben producir más a menor coste. Y eso se traduce generalmente por "reducción de los costes fijos", o sea despidos masivos. Todos hemos observado que en cuanto una empresa anuncia despidos de miles de sus trabajadores, el valor de su acción en Bolsa sube. ¡Las Bolsas, en esta era de la globalización, recompensan las actitudes antisociales de las empresas! Otras empresas que no consiguen reducir sus gastos y que no quieren ver el valor de su acción disminuir han optado por mentir y falsificar sus cuentas. ¡Con la complicidad de los gabinetes de auditoría que precisamente son los encargados de garantizar a la Bolsa y al mercado la autenticidad de las cuentas! Eso fue lo que pasó con Enron, gracias a la complicidad de la agencia de notacion Arthur Andersen¡» Esta explicación de Stiglitz se aplicaba a la catástrofe Enron que hasta la semana pasada era un caso único. Pero lo que estamos descubriendo con la quiebra fraudulenta de Worldcom, es que aquel caso no era tan único. Y nos estamos enterando que, igual que Enron, quebraron con mentiras, fraudes y malversaciones muchas otras empresas como el conglomerado Tyco, el gigante de las biotecnologías ImClone, la superempresa de telecomunicaciones MobilCom, el coloso de Internet Qwest Communications y se anuncia el caso de Xerox, líder de las fotocopiadoras. Estas empresas nos habían sido presentadas, durante los años 1990, como los modelos de la «nueva economía»y algunos de sus dirigentes -Samuel Waksal o Dennis Kozlowski- como los ídolos de la globalización triunfante. Hoy acusados de fraude, de delito fiscal, de enriquecimiento ilícito y de mentiras contables, estos dirigentes han causado directamente el despido de centenares de miles de personas que han perdido su trabajo, su sueldo y sus ahorros para la jubilación. También han causado el derrumbe del valor de las acciones de todas las Bolsas del mundo, arruinando a millones de pequeños inversores. Como dice Stiglitz : «Cuando la globalización se convierte en dogma, produce fanatismo. Y el fanatismo produce falsos profetas y lleva a los peores excesos. Ahora las Bolsas tendrán que someterse a una severa investigación. Les llega la hora de la Inquisición...»