Dos escenarios muy distintos, la Cumbre de Sevilla y el Mundial de Corea, han ofrecido dos posturas dispares: las de Irlanda y Turquía. Un país atlántico y católico -eliminado en el campeonato de fútbol- saltó a la mesa del debate porque aún no ha ratificado el Tratado de Niza, por su rechazo a participar en la futura defensa europea, al declararse neutral. En la Cumbre de Niza se acordó la creación de una fuerza de reacción rápida de sesenta mil soldados para intervenir en crisis que afecten a la seguridad de Europa. A pesar de que los irlandeses han disfrutado de las ventajas comunitarias para obtener el mejor crecimiento económico, ahora amenazan con bloquear el programa de ampliaciones. Por el contrario, Turquía -un país de mayoría musulmana, tercero en el Mundial de Corea- se presenta como el eterno candidato a ingresar en la UE, con una postura totalmente contraria a la de Irlanda. Los turcos son y han sido un pilar de la defensa europea durante los casi 50 años de la guerra fría, cuando Europa se vio seriamente amenazada. Ahora, Turquía quiere entrar en la UE, a pesar de sus graves disputas con Grecia. Pero mientras Irlanda no representa valor alguno por su posición geoestratégica, Turquía constituye el gozne que une Europa y Asia y ocupa una posición clave en Oriente Próximo. Incorporar a los turcos al proyecto europeo será en su día un paso geopolítico de gran importancia para la relación en el suroeste asiático.