La cultura norteamericana, creadora de las tallas XXL, siempre tuvo en las personas gordas una clara referencia cultural. Desde los orígenes del cine, el cómico Fatty y Oliver Hardy y Stan Laurel fueron estrellan rutilantes de la American Way of Life . Los norteamericanos inventaron la crema de cacahuete , que es algo así como un plato nacional, añadieron dos pisos a los helados y tienen la patente mundial de la comida basura. Toda la nación fue engordando después de la gran guerra, y delgados, lo que se dice delgados, sólo estaban los jugadores negros de baloncesto y algún que otro atleta. Los Estados Unidos son hoy una sociedad obesa, un país de obesos, a los que nadie les había contado los problemas de salud, las marginaciones estéticas y las depresiones de diván de psicoanalista que genera la gordura desmedida. Si antes, en los noventa, la cruzada fue contra el tabaco y todos sus males, Bush emprende personalmente el combate contra los gordos y el colesterol. Piensa convertir el país en un gimnasio, llenar calles y parques con corredores sudorosos, en abierta lucha contra los michelines, movilizar a toda la nación de los blancos, anglosajones y protestantes, en una nueva batalla por la reducción de los kilos. Lo gordo no es bello, es insano y políticamente incorrecto. Y, es más, las dos grandes compañías aéreas norteamericanas han decidido cobrarles a los gordos dos asientos de avión por volar en sus trayectos. Por Washington o Nueva York ya comienzan a mirar a los gordos como apestados. Ahora que se habían apuntado a la cultura de los kilos, la nación negra de América y los chicanos que combatían la magra densidad de la miseria. Hasta el pavo del Día de Acción de Gracias va a sufrir una merma en su relleno. La dieta mediterránea, con su festival de verduras y aceite de oliva italiano, comienza a difundirse como la buena nueva de la ofensiva antigordura. Todos a hacer «footing» Ha sido el propio presidente quien ha puesto a correr a los pesos pesados de su Administración. Secretario de Estado y senadores jadeantes y hambrientos, celebraron con Bush al frente el recorte de panzas y cinturas. Debieron de haberse fijado en que en Afganistán la nómina de gordos es escasa, y en la cumbre romana de la FAO las estadísticas seguían denunciando que en el planeta hay muchos países que no pueden aconsejar el seguir una dieta a sus ciudadanos porque continúan -y no es una metáfora- muriéndose de hambre. Los norteamericanos, defensores a ultranza de los alimentos transgénicos, desconocen las consecuencias últimas de esta nueva generación alimenticia. Y como siempre, el mundo sigue yendo al revés y los que quieren engordar en África o en América Latina no lo consiguen, mientras otra parte de la humanidad pasa hambre para conseguir adelgazar. Está claro que las calorías han estado siempre muy mal repartidas, y las proteínas y los hidratos de carbono, y el alcohol que engorda tanto o más que las sabrosas cervezas que beben los yanquis. De aquí a diez años no va a haber un ciudadano USA con sobrepeso, volverá el canon estético y el mundo se repartirá entre anoréxicos y vigoréxicos, porque los gorditos siempre, y ahora más que nunca, hemos tenido mala prensa. Decididamente de este verano no pasa que me ponga a dieta.