Los gays, lesbianas y transexuales celebraron ayer su jornada reivindicativa. El Día del Orgullo Gay . Ya hemos dicho en otras ocasiones que cuando no sabemos cómo solucionar un problema, le destinamos una fecha del calendario para sosegar nuestras conciencias. Lo hacemos con la inmigración, la pobreza y la violencia de género. Una sociedad como la que nos ha tocado en suerte vivir no puede tener aún pendiente el problema de la homosexualidad. Porque ser homosexual, hoy, por mucho que no queramos reconocerlo, no se considera un derecho. Es un pecado, una enfermedad y una desviación. En España aún no hemos alcanzado la mayoría de edad. Mientras sigamos convirtiendo en noticia de primera página la salida del armario de un militar, un ex-ministro socialista y un cura, es que no hemos superado el primitivismo. Mientras dediquemos tertulias y debates a las declaraciones de Zapatero a la revista Zero , no nos habremos sobrepuesto al trauma. Es éste un país que aún rechaza la homosexualidad. Pero que no repara en elevar a doctor honoris causa a un banquero ladrón, en encumbrar a cocainómanos, en votar a corruptos, en admirar a los que cada noche atestan las barras americanas de carretera y en comprender a los obispos pederastas. Es éste un país en el que pese a que el 65% de sus ciudadanos se muestra de acuerdo en que gays y lesbianas puedan casarse, se siguen haciendo chistes y risitas de ellos. Y el Estado mantiene la negativa a reconocer sus derechos básicos. Nunca llevamos bien lo de la tolerancia. Hay ciertos asuntos que nos superan. Y el de la homosexualidad es uno de ellos. Los españoles, que últimamente nos sentimos tan identificados con el proyecto europeo, somos incapaces de seguir los pasos de Alemania, Bélgica, Francia, Holanda, Dinamarca y Suecia en el reconocimiento de sus derechos. Ya va siendo hora de que nos hagamos mayores. Y podemos empezar por dejar de hablar de locas, mariquitas, sarasas y perder aceite. No es mucho pedir.