La chupa es una vieja palabra española de origen francés (jupe) que hace poco más de un decenio fue recuperada por la jerga juvenil para dar nombre a las cazadoras. En su origen era una prenda parecida a la chaqueta, que se ponía bajo la casaca. Era ajustada en los brazos y su faldilla, dividida en cuatro partes, llegaba hasta cerca de las rodillas. Una frase coloquial hoy vigente la ha relacionado íntimamente con el dómine, el profesor de gramática latina. Así como los alumnos en general llamaban señor a su preceptor, los de latín empleaban dómine para dirigirse a él con una palabra que aprendían en sus clases. No es difícil imaginarse el estado de las chupas de los dómines cuando inspiraron la frase poner como chupa de dómine , equivalente a poner como un trapo (reprender severamente y con palabras ofensivas). El uso se mantiene hoy, y de ello hay abundantes muestras en la prensa. En algunos casos, el hablante pierde la noción del significado de las palabras, lo que le ayuda a dar al coloquialismo una impremeditada vuelta de tuerca que casi siempre desemboca en disparate. Consta el caso de un locutor de cuya boca salió al éter un «lo puso de chúpate dómine». Se ignora cuál es su noción de dómine , que debe permitirle la succión que apunta. ¿Le sonará a ¡chúpate esa! o a como para chuparse los dedos ? Más reciente es la declaración de un político gallego que desde la lengua autóctona importa la locución castellana y la desfigura en esta diáfana sentencia: «Moitos políticos son uns ineptos e outros van ó chupa dómine». En este caso sí es fácil vislumbrar las intenciones de los hombres públicos interesados en el chupa dómine . Pasmado se quedaría Quevedo si se enterase de las vueltas que han dado a las chupas como la que lucía algún famélico y miserable dómine que retrató con trazo magistral. «De noche es el quidam pauper, / es el Dómine de día, / si le convidan bonete, / gorra si no le convidan».