EN EL MISMO SITIO

OPINIÓN

25 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

«La vida es como un tiovivo que da vueltas hasta marear y luego te apea en el mismo sitio en que has subido», frase de La verdad sobre el caso Savolta -novela de Eduardo Mendoza-, que podría yo aplicar sin reparo a algunas realidades del momento y de mi entorno. Por ejemplo, al papel de la selección española en el Mundial de fútbol: estamos en el mismo apeadero de siempre y alegando parecidas disculpas. Y siguiendo con el fútbol, la frase también se podría relacionar con el protagonismo que alcanzó mi pueblo en estos días coreanos. Por un decreto, el alcalde permitía a los funcionarios municipales acudir a ver los partidos de España por televisión, siempre y cuando los servicios quedasen cubiertos. Lo cual, al margen de otras consideraciones que se quieran hacer, viene a demostrar que mis paisanos, una parte, al menos, siguen manteniendo un recalcitrante interés por el fútbol; es decir, que estamos donde estábamos. No será un mérito, de acuerdo, pero como rasgo de colectividad tampoco hay que despreciarlo. Por algo fue un pueblo pionero entre los de su entorno en tener equipo y campo propio. En el viejo Cepelo se han venido dejando las rodillas muchos vecinos desde la generación de mi tío Pepe. Los niños hemos visto cómo allí mordían el polvo los equipos de los pueblos vecinos. Había una gran identificación entre el equipo local y la gente. Tanta, que un verano de mi infancia, aprovechando la excursión del catecismo parroquial a una localidad vecina y costera, se desplazó también nuestro equipo para disputar un trofeo de fiestas, arropado por varios autobuses de seguidores. Todo ello constituía un acto de hermanamiento entre los dos pueblos. Por culpa de un penalti descarado e injusto que nos pitó un árbitro incompetente o comprado, se armó un lío impresionante, con invasión del campo y bofetadas adultas a discreción, con la Guardia Civil por el medio. Se suspendió la verbena, nos metieron a todos en los autobuses, pero regresamos con mucha dignidad y más unidos que nunca. Y ya metido en harina, no puedo dejar de citar la iniciación que los niños de mi edad tuvimos en el fútbol televisado, muy a principios de los 60. Tenía su incomodidad, pero era una fiesta. Los hermanos Garrido -ellos hacían lo que podían- colocaban el televisor en un balcón de su casa, y enfrente, ocupando acera y carretera -dependía del público asistente- nos colocábamos todos. Y es que en mi pueblo la afición al fútbol siempre tuvo algo de pintoresca y democrática. Pero la verdad de la frase novelística se me hizo definitivamente evidente, un día de estos, también en mi pueblo. Decidido a dar un paseo por caminos y atajos que no frecuento, pasé por delante de la casa de unos vecinos a los que veo muy poco. Me salió al paso un niño de seis o siete años, el cual respondió a mi saludo con una retahíla de preguntas. Recordé a un señor de aquella casa que, siendo yo niño, siempre me hacía preguntas de difícil respuesta para mí: «¿Cantos pesos son un millón de pesetas?», o «¿Cantos reás son cen pesos?». Era una forma de examinar a los chavales que íbamos a la escuela. Siempre las preguntas eran de cuentas y siempre relacionadas con dinero. Le iba a preguntar al niño si realmente era el nieto de aquel señor, cuando, raudo y veloz, me dijo con cara de meterme en aprietos: «A ver se sabes cantos euros son trescentas pesetas». Pasé el mismo apuro, puse la misma cara de disimulo. En el mismo sitio.