Nunca me han gustado los números y mucho menos las matemáticas. La fatídica precisión con la que un resultado inmutable nos castiga, resulta, cuando menos, insoportable para una persona como yo que cree a pies juntillas que los seres humanos somos cualquier cosa menos predecibles. Sin embargo, no puedo sustraerme a la demoledora realidad por la cual, día tras día, aumentan los saldos de muertos en las cuentas de los palestinos y los israelíes, no pudiéndose evitar que cada muerto constituya un dígito en la trágica lista de víctimas de la sinrazón. Y es que, tras el pequeño receso de hace unas semanas, el conflicto palestino-israelí ha vuelto a inflamarse como consecuencia de la intransigencia negociadora de ambas partes. Corrobora este hecho el comentario de hace unos días, en un debate televisado, del embajador de Israel en España, prácticamente acusando a Europa de estar contra el Estado de Israel y financiar a Arafat y, por lo tanto, a una organización terrorista cuyo objetivo es destruir su país. Los palestinos contraatacaron afirmando que Estados Unidos apoyan a Israel en su negativa a reconocer al Estado palestino escudándose en una colaboración en la lucha antiterrorista internacional. La reiterada utilización del inveterado antisemitismo europeo ya resulta aburrida e inapropiada. Los israelíes no tienen ni excusa moral ni histórica para seguir sometiendo a la población palestina en campamentos de refugiados. Alegar que, mientras sigan produciéndose atentados terroristas, por motivos de su propia seguridad, no pueden levantar el cerco militar ni tampoco reconocer a un Estado palestino es tan absurdo como negar el hecho de que Israel existe y tiene una entidad propia. Sólo la desaparición de los campamentos y la creación de un Estado palestino eliminará la razón de ser de estos grupos terroristas y, por lo tanto, permitirá su desaparición previa acción de la justicia. También los palestinos tienen que reconocer que Israel existe y que la población judía tiene derecho a habitar en la porción de terreno que proporcionalmente les corresponda. Matar indiscriminadamente a la población civil israelí no favorece a su causa, ya que el resto del mundo no ve a los hombres-bomba como mártires o héroes sino como asesinos fanáticos. En lugar de obtener la simpatía de la Comunidad Internacional sólo se ganan su desconfianza. A estas alturas del conflicto estamos en un punto muerto. O ambas partes hacen un esfuerzo negociador y aceptan reconocer la existencia legal de su enemigo, o tendremos que seguir dando palos de ciego intentando evitar una guerra de consecuencias impredecibles. Palestinos e israelíes tienen que ceder de forma equitativa y al mismo tiempo. ¡Basta ya de que unos por otros la casa esté sin barrer!