No nos engañemos: toda huelga es un pulso, y la de hoy mucho más. Por tanto, todo lo ocurrido y lo que está pasando debe ser contemplado desde esa óptica. El Gobierno ha puesto todos los medios para ganar el pulso y conseguir que el paro sea un fracaso. El objetivo lo proclamó el presidente Aznar de forma vehemente: «Este partido lo vamos a ganar». Para ello ha utilizado los recursos a su alcance, desde aparatos de propaganda hasta unos servicios mínimos que obligaron a intervenir al Tribunal Supremo. Del otro lado, los sindicatos se han vestido la guerrera y pretenden conseguir a base de coacción lo negado por el ambiente social. En medio, la izquierda política, PSOE e Izquierda Unida, buscan aprovecharse de la situación y beneficiarse del clima de protesta contra el Gobierno. Esperan conseguir algún voto. Todo normal. Lo inquietante es que, tal como se están produciendo los acontecimientos, el conflicto de hoy puede tener más de conflicto de orden público que de conflicto laboral. Lo hemos visto ayer en el País Vasco. La huelga de los sindicatos nacionalistas estuvo marcada desde primera hora por el sabotaje, especialmente en el sector del transporte. Los piquetes han asaltado más que informado. Se han pinchado ruedas de autobuses, algo que nadie puede aplaudir ni aprobar. Se ha ofrecido una muestra de querer ganar la huelga sin importarles el procedimiento. Esas actitudes marcarán la huelga de hoy. Comisiones y UGT tienen en el País Vasco el ejemplo de lo que no deben hacer ni pueden permitir. Si hoy es un día sereno, de protesta firme, pero sin violencia, los sindicatos habrán ganado legitimidad para seguir luchando contra un decreto ley que el Gobierno no piensa reformar por las buenas. Pero, si dejan que la coacción sea más decisiva que los argumentos; si se sitúan fuera de la legalidad de los servicios mínimos; si el sabotaje es la gran noticia del 20-J, será muy difícil apoyarles. Y es que los pulsos no se ganan sólo con piquetes. Se ganan también con la razón. Incluso en España.