Tal como se cuenta estos días, la transición española parece un cuento de hadas, cuyas claves podrían ser las siguientes: Franco era un dictador llovido del cielo, que, merced a los apoyos venidos del otro mundo, gobernó este país -¡por la gracia de Dios!- durante cuarenta años. Aunque los españoles éramos muy valientes, demócratas y antifranquistas, todos nuestros esfuerzos se estrellaban contra el destino, hasta que, en un descuido de la providencia, va Franco y se muere, dejándonos una España rancia, pobre y asoballada, en la que no se podía hablar gallego, ni escuchar a Joan Báez, ni besar a la novia, ni decir «¡viva Rusia!». Pero, una vez enterrado el dictador, y después de escuchar el testamento de Arias Navarro, que aún no se había muerto, treinta millones de jabatos se lanzaron a la calle, cogieron unas urnas de metacrilato y, entre cantos de Jarcha y Ana Belén, -¡hale hop!- trajeron la democracia. Ese es el motivo por el que el mundo entero nos ve como un país de héroes y espabilados a los que todos quieren imitar. Y así se explica que, pasados veinticinco años y tres días de aquel episodio, queramos desempolvar los recuerdos para contárselos a unos jóvenes, que, Dios sabrá por qué, no tienen idea de Historia, no sienten la realidad de España, y, azuzados por el nacionalismo disgregador, nos toman por Toñita la fantástica. Por eso se me ocurre contar lo mismo de otra manera, a ver si tenemos más éxito. Porque la verdadera historia de la transición comienza en los años sesenta, cuando se produce el enorme salto en el desarrollo económico y social de España. Es el momento de la industrialización y la urbanización, cuando se ponen en marcha unos modelos educativos y asistenciales que iban a provocar un vuelco en el bienestar y en la modenización de la sociedad. También es el tiempo del turismo, de la televisión y de la emigración, cuando Europa deja de ser la representación del mal para convertirse en un paradigma de desarrollo y libertad. Y es el tiempo, sobre todo, de la aparición de las clases medias que iban a protagonizar el cambio de cultura política que lleva a la democracia. Por eso, cuando muere Franco, estaba casi todo hecho, y sólo había que evitar que cuatro trogloditas refugiados en el poder económico, en las estructuras mediáticas y en el ejército, cerrasen el paso al inexorable avance de la libertad. Ni fuimos capaces de echar a Franco, ni salimos a la calle en cuanto se murió, ni teníamos un modelo de transición, ni supimos taparle la boca a algunos que ahora van de héroes. Y si todo salió bien -lean a Inglehart- fue porque el desarrollo económico y social de España nos volvío al camino cada vez que, por falta de un modelo establecido, perdimos el rumbo. Así que menos lobos y más análisis. Porque si contamos la transición como si fuese la guerra de Cuba, los menores de treinta años nos van a tomar de coña, sin aprender nada de nada.