A finales del siglo XIX, el biofísico H. von Helmholtz había demostrado que todas las percepciones de color podían conseguirse con la combinación de sólo tres colores primarios (rojo, verde y azul). El fisiólogo alemán H. Fick trató de extender el razonamiento a los demás sentidos empezando por el gusto. Así definió cuatro sabores primarios o fundamentales: dulce, amargo, ácido, salado. El razonamiento es falso, pero fue elevado a la categoría de dogma durante mucho tiempo. El estadounidense C. Pfaffman, pionero de la electrofisiología de los nervios gustativos, fue el primero en ponerlo en duda en 1939. Sin embargo, hubo que esperar a los años 80 para que la neurobióloga francesa A. Faurión, demostrara experimentalmente que toda molécula sápida tiene un sabor particular reconocido específicamente por el cerebro. Es decir, no hay cuatro sabores fundamentales sino un continuo gustativo. Hay mil y un sabores, pero faltan palabras para describirlos. Sólo un pequeño número de moléculas están asociadas a un nombre de sabor: la sacarosa (azúcar), es dulce; el cloruro de sodio (sal), es salado; la quinina, amarga, y el ácido clorhídrico es ácido. Para complicar el panorama, hay que añadir que los sabores están muy condicionados por los olores. No es fácil echarle palabras al sabor.