Con la natural añoranza miro en plena globalización pelotera una antigua radio herededa, un hermoso mueble estadounidense de los años 30, At Water Kent, a través de la que seguí hace más de medio siglo el único Mundial relativamente triunfal de la selección española, en Rio de Janeiro 1950. Lo seguí, además, mucho mejor que si lo viese, en el verbo florido, épico e imaginativo de Matías Prats senior. El suyo sí que era juego siempre al ataque, ocasiones sin fin, vicegoles y hasta goles no tan raros. Así, de memoria, es verdad que entonces también ganamos el primer partido, por el mismo resultado que el infligido a Eslovenia, sólo que Estados Unidos conservó su increíble 0-1 hasta el último cuarto de hora, cuando la selección de España logró sus tres goles. Luego vencimos a Inglaterra -la «pérfida Albión» de Muñoz Calero- con el golazo de Zarra. Llegamos a semifinales, aunque les cueste creerlo, por primera y única vez, y sin embargo, tras empatar (2-2) con el inesperado campéon, Uruguay, naufragamos: Brasil nos metió seis goles y Suecia nos arrebató la «medalla de bronce». Más valdría no jugar a eso de que se repita la historia.