La revista Newsweek ha puesto en evidencia los fallos, picias y fiascos del FBI y de la CIA en lo relativo a las funciones de seguridad y defensa de esos dos organismos -la Oficina Federal de Investigación (FBI) y la Agencia Central de Inteligencia (CIA)- con respecto a las diversas peripecias, dentro y fuera de los Estados Unidos, de unos cuantos de los terroristas cuyas actividades culminaron en el atentado contra las Torres Gemelas . Con ello ha quedado claro, entre otras cosas, que las pirámides burocráticas generan recelos y cautelas tanto en el sentido de la promoción de los subalternos como en el sentido contrario, el de las tácticas de las cúpulas contra esa promoción. Semejantes tácticas pueden resultar devastadoras, pero no son un fenómeno original del que no se tuviera idea. El ser humano es así, y el hecho de ser espía no tiende a mejorarlo. Otra cuestión es que el espía sea malo o sea tonto. Es una profesión cuyo trabajo se fundamenta en una disciplina estricta que se desarrolla en paralelo con el olfato y la sensibilidad imprescindibles para saltarse la disciplina y evitar, de ese modo, el pesado fardo de las tareas sujetas a un rigor rutinario. Son esos saltos los que acreditan el coraje y el talento a la hora de combinar las cosas. Según los expertos, el trabajo de un servicio de inteligencia estriba en su capacidad y rapidez para relacionar fenómenos y cruzar datos. Y esa es, precisamente, la capacidad que la información recogida por Newsweek pone seriamente en duda. Lo que no hace Newsweek es considerar la hipótesis clásica en este tipo de planteamientos: cuando un servicio de inteligencia no funciona como debe, hay que investigar lo que se ha hecho mal, lo que se ha dejado de hacer, y la posibilidad de que alguien haya impedido, desde dentro del servicio, el correcto funcionamiento del engranaje. Es la posibilidad del infiltrado. El último agente doble del FBI fue descubierto hace pocos meses. En lo que respecta a la CIA, nació infiltrada. El topo que tuvo dentro desde su mismísimo origen fue nada menos que Harold Adrian Russell Philby, más conocido como Kim Philby, el oficial de enlace del Secret Intelligence Service británico con los servicios de inteligencia americanos a lo largo de la Segunda Guerra Mundial y durante buena parte de la Guerra Fría. Philby comenzó a trabajar para Moscú en los años Treinta. Viajó a España como reportero del Times para informar sobre la Guerra Civil, y fue condecorado por Franco con la Medalla al Mérito Militar. En 1947 era el hombre por el que pasaba buena parte de los cambios de impresiones entre Washington y Londres. Eso le permitió desbaratar la operación para identificar a Homer , otro topo de Moscú. Homer era Donald Maclean, por aquel entonces secretario de la Comisión Política Bilateral Anglo-americana para la Energía Atómica. Philby evitó que fuera descubierto e intervino en su fuga a la Unión Soviética. Después pasó a Moscú todo el organigrama de la cooperación angloamericana en caso de una guerra con la URSS, así como, a lo largo de varios años, los planes para varias operaciones de subversión en Albania, Polonia y Croacia. Cuando los americanos se apoderaron de los códigos soviéticos para las transmisiones radiofónicas desde su consulado en Nueva York -la llamada operación Verona -, Philby advirtió a Moscú del asunto, y los códigos sólo sirvieron para que la CIA supiera por ese canal lo que Moscú quería que supiese. Años después, cuando Volkov, un funcionario del consulado soviético en Estambul, avisó a Occidente de su intención de desertar, Philby destrozó no sólo la información que Volkov había entregado ya, sino al propio Volkov, del que no se volvió a saber. Kim Philby huyó a la URSS en 1963. Murió en 1988 y fue enterrado en el cementerio militar de Kuntsevo, al oeste de Moscú, bajo las salvas de una guardia de honor de la KGB. Nunca fue demasiado explícito en sus declaraciones a la prensa, bajo la excusa de que no quería descubrir detalles que pudieran alterar «alguna operación en curso». Faltaban pocos años para que la Unión Soviética se derrumbara, un hundimiento que la CIA tampoco acertó a prever.