Los estados psicológicos son difíciles de definir, sobre todo los sociales, porque afectando a muchos no caben las unanimidades. La percepción popular de la política actual, siendo confusa, deja intuir alguna cosa. El CIS hace lo que puede y dice lo que le dejan, polarizándolo todo en las expectativas de voto de los partidos, la popularidad de sus líderes y el consabido listado de las preocupaciones ciudadanas enumeradas por su orden. Sin duda saben mucho más de lo que expresan. No ignoran que la ciudadanía se ha colocado en un inquietante impasse, desasosegada, sin saber todavía cómo reaccionar, pero con la escopeta cargada. Me decía un veterano político hace años, cuando afrontábamos con optimismo una de tantas elecciones: no te fíes, están azorrados y puede salir cualquier cosa de la chistera. Y así fue, por cierto. El valor político de la sociedad es justamente asegurar la continuidad de las ventajas colectivas para cada uno de sus miembros. A ese objetivo todos estamos dispuestos a sacrificar algún beneficio personal momentáneo. Pero cuando se percibe que las cosas ya no van tan bien y al estaribel se le descubren las fisuras y tambaleos, se nos carga la cabeza y cada uno tira por su lado.