Mientras que no haya un cambio fulminante de actitud, por parte de la Iglesia y del Vaticano, ahora que estamos en plena campaña de la renta, convendría que los ciudadanos valoraran si cada crucecita del apoyo económico a la Iglesia viene a representar una tumba más en el cementerio de la libertad. Para defender sus privilegios, la Iglesia española acostumbra a remitirse al Concordato vigente con un Estado extranjero, como es el Vaticano. Llegada es ya la hora de que, si ese estado consiente esas agresiones contra España y los españoles, se denuncie tal Concordato, de modo que esta quinta columna contra la convivencia, engordada por el presupuesto de todos los españoles, católicos o no, se busque la vida como el resto de la gente: trabajando. Con su aviesa mansedumbre y su media sonrisa agrandada por siglos de desvergüenza impune, los seráficos obispos de las Vascongadas, al mando de sus curas guerrilleros, nos muestran nuevamente su querencia. Cuando no es la lucha contra el abstemio Pepe Botella son los derechos de don Carlos María Isidro y el carlismo, llegando hasta atentar contra la reina Isabel. El fundamentalista nazi Sabino Arana crea el PNV para salvar a los vascos, puesto que «la ordenación actual al permitir el contacto con los españoles, impide al vasco la perfección grata a Dios». O la traición a la República, negociando un protectorado del Vaticano sobre las tres provincias. Y el colmo en esta jerarquía de agresiones contra España y la Humanidad es ETA, nacida de su seno como criatura cainita. Vascongadas se ha convertido en la reserva de la carcundia más cerril de Europa. La Iglesia vasca en lo que mejor se ha adaptado a los nuevos tiempos es en la búsqueda de paraísos fiscales. El gobierno teocrático del PNV parece una sucursal del seminario. El que no es cura ejerce de monaguillo en la misa negra del fanatismo. Señor, ¿hasta cuándo España va a cargar con esta cruz?