Visitaba hace unos años la ciudad brasileña de Mogi das Cruzes y mi anfitrión, Chico Ornellas, decidió llevarme al mercado. Entramos en un puesto y le dijo al dueño, señalándome: «Dele un higo escarchado, para que lo pruebe». El tendero le preguntó si yo era español. Chico le dijo que sí. Y el hombre dijo: «Entonces ya sé quién es. Es su amigo al que le gustan los cementerios y los mercados». Perplejo, quise saber cómo conocía esos gustos míos. Y contestó: «Porque Chico lo escribió en el periódico». Me enteré así de que me había dedicado unas líneas unos meses atrás, por la espalda, y me hice el ofendido. El miércoles pasado me ocurrió lo contrario. La periodista brasileña que mencioné en este espacio me escribió por la tarde para quejarse de que contestara a su mensaje a través del periódico en vez de hacerlo como Dios manda. La verdad es que ni se me había pasado por la cabeza que hubiera podido leerme el mismo día y a diez mil kilómetros de distancia. Entre las dos anécdotas median apenas seis años y un fenómeno ya muy comentado: Internet. Nuestro mundo es otro. Pero urge asegurar que nadie se queda descolgado, sin línea, sin futuro.