La política ya no se hace en el Parlamento. No hay más que asistir a los plenos y a las comisiones para que uno se dé cuenta de que la cosa pública se elabora en los medios de comunicación y con los medios de masas. Ha salido del hemiciclo y se ha adentrado en lo mediático, entre los pliegos del papel, los gritos de las ondas y la cosmética de las imágenes. Y desde estos púlpitos, altavoces de la sociedad mediática que el ciudadano escucha sin oír y mira sin ver, el político se ha convertido en narrador. Es un cuentista de lo que ha pasado que explica con todo detalle y hasta con aire docente los pormenores de lo que ocurre, de lo que habrá que hacer, pero que casi nunca dice: «Lo que voy a hacer es esto y lo voy a hacer así». En los últimos años ha habido y hay grandes narradores, magníficos cuentistas. En España, el mejor ha sido Felipe González, que ha mejorado con el tiempo porque la edad da más aire patriarcal para el arte de embaucar. Entre los extranjeros sobresale Tony Blair. Los políticos actuales explican con profusión de datos y citas por qué ocurren las cosas y lo que habría que hacer, pero no dicen lo que van a hacer para abordar los problemas que preocupan a los europeos: la seguridad y la justicia, o por decir mejor la inseguridad y la injusticia, los dos primeros y únicos derechos de los ciudadanos que son la base del contrato social que da lugar al Estado y la razón principal por la que pagan sus impuestos. Cuando fallan ambos, como ocurre ahora en la mayoría de los países democráticos, pocos políticos se atreven a dar recetas y los que se atreven son tachados de autoritarios o fascistas y sobre ellos caen epítetos a miles. En España tenemos ejemplos claros de cómo está la justicia y cómo la seguridad ciudadana, pero sólo recibimos cataplasmas adormideras del Gobierno y ruidos demagógicos de la oposición para desgastar al Ejecutivo, pero ninguna propuesta que genere esperanza y restituya principios.