Lo mejor de hablar desde la tribuna de oradores del Parlamento de Galicia es que uno puede afirmar lo que le peta con la casi total seguridad de que nadie se enterará de lo que diga. Véase, si no, el ejemplo de María Olaia Fernández, diputada del BNG por Pontevedra, quien, en el curso de un debate sobre temas sanitarios, se despachó considerando el otro día al botellón como una «nova expresión cultural da mocidade». ¿Se hubiera atrevido doña Olaia a sostener una majadería como esa en un lugar distinto al Parlamento? Ante cuestión tan espinosa caben dos hipótesis: la mala y la peor. La hipótesis mala es que nuestra diputada ha asumido íntimamente que las paredes del pazo del Hórreo santiagués son como una patente de corso para el pensamiento y su expresión, de modo tal que una vez refugiado entre las mismas puede el orador hablar sin pedir permiso a la inteligencia, y aun a la sensatez, y largar la primera ocurrencia que se le pasa por la mente: que el botellón es, por ejemplo, una expresión cultural de nuestros jóvenes. Aunque reconocerlo resulte doloroso, sería, a fin de cuentas, comprensible que el autismo dramático en que viven, para desgracia suya y nuestra, muchos políticos de oficio, acabe conduciendo finalmente a ese aislamiento que permite entender que el lugar de la re-presentación es, en realidad, un lugar de la no-presentación en el que, dada la ausencia de los que nunca están presentes (los ciudadanos) puede acabar por decirse cualquier cosa. La hipótesis peor sería mucho más acongojante. Han leído bien: acongojante. ¿Y si doña Olaia estuviera verdaderamente persuadida de que el botellón es una expresión cultural de los chavales del 2002? Pues estaríamos aviados. Sí, aviados por nuestro ojo clínico para sentar en el lugar en que se sientan quienes tienen la función de decidir en nombre nuestro a personas que parecen desconocer lo que por aquí ya sabemos casi todos. Por ejemplo, que el indiscriminado consumo de alcohol entre los jóvenes constituye hoy en toda Europa un gravísimo problema de salud; o que ese consumo va asociado casi siempre al fracaso escolar y los problemas familiares; o que lo peor del botellón es su nefasta pedagogía en negativo, al proponerse como moda para chicos que comienzan a beber sólo por ser como «los otros». Convertir al acto de beber en medio de la calle en expresión de algún tipo de cultura constituye, ilustre diputada, una derrota del pensamiento, que quien habla en nombre del pueblo no debería permitirse. La derrota del pensamiento: así es como tituló Alain Finkielkraut un libro en que fustigaba a los que consideran la obra de Shakespeare equivalente a un par de botas de diseño. Que es tanto como considerar que beber un botellón en una acera es una forma de cultura.