En las cosas de la vida, como en las del amor, conviene siempre un poco de misterio, que no todo sea evidente. Lo que se intuye y no se ve tiene el interés de lo desconocido, algo así como un aura poética. Con revelarlo y hacerlo público no se gana nada sino que se pierde lo atractivo de lo posible. Y todo se hace más trivial si quien desvela y airea es la Televisión. Abundan los ejemplos. Somos ya muchos los que tememos que esto acabe ocurriendo con el fútbol. Se puede pasar que durante la Liga haya partidos televisados casi a diario, porque ha de ser cada uno quien sepa racionar la dosis. Pero no logramos entender por qué hay que ofrecer por televisión el ceremonial de las celebraciones de títulos y ascensos en la plaza del Ayuntamiento, en la capilla o ermita de la Virgen local, o en las calles de la ciudad. Se comprende la euforia momentánea del hincha, pero nos sorprende la ritualización que se está haciendo de todo ello, con la bendición de autoridades civiles, eclesiásticas, medios de comunicación y opinión pública. Todo esto sobra como espectáculo televisivo. Porque es pobre, porque es rutinario, porque nunca se hace o se dice algo mínimamente inteligente o gracioso. Una vez más, la televisión ocupándose de lo que no debiera, trivializando más aún lo que en sí mismo ya lo es. Y es que el fútbol está empezando a sufrir el efecto de los excesos. En especial, los televisivos. Perdió la grandeza que antes le proporcionaba el pudor y la lejanía. A muchos niños de mi pueblo, por ejemplo, el mundo del fútbol nos llegó a través del misterio de la radio ¿una voz dentro de una caja- y con la ayuda excepcional de un preso, un joven veinteañero que estaba detenido en el depósito municipal, en el bajo del actual Ayuntamiento. Era asturiano y había estado de albañil en Bilbao. Conocía a Carmelo, a Garay, a Gaínza... Especialmente, a Carmelo, para el cual había trabajado en unas reformas de la vivienda. Nunca supimos qué había hecho para estar preso, pero no debía de ser nada grave. La cara de buena persona que tenía, y el buen corazón de Secundino, el municipal del pueblo, hicieron que al atardecer, durante todo aquel verano, pudiese salir al callejón, al lado de la cárcel, a hablar con nosotros. De fútbol, claro. Cuando se animaba a jugar, lo hacía de portero del bando más flojo. Era un lujo y una garantía. Después, nos hablaba de Carmelo, de su colocación, de sus despejes de puño, de cómo paró aquel penalti. Y nosotros, en el eco de su narración, escuchábamos el rugido de San Mamés y los aplausos de una afición entregada. Y así, a lo largo de todo un verano. Y cada día nos sorprendía con algo nuevo: Carmelo se ponía así la visera, Gaínza silbaba cuando sacaba los córners... Aunque se fue incorporando con naturalidad a nuestra realidad pueblerina, nunca perdimos de vista que detrás de la vida de aquel chico había un misterio y un enigma. Por eso, todo lo que nos contaba del fútbol de verdad, el de los equipos grandes y los estadios inmensos, tenía una dimensión lejana y legendaria. Estos días, ante los telediarios de las celebraciones, me acordé de aquel mundo sugerente, creado con palabras. Y, también, de la inocencia de todos los del callejón, incluido el preso y Secundino, el municipal.