De entre los muchos museos que hay en Budapest, el primero que elijo para visitar es el de Bellas Artes. Me dejo llevar sin rumbo de aquí para allá y como me ha pasado en el Louvre de París, en el Aegyptisches Museum de Berlín, en el Ny Carslberg Glyptotek de Copenhague, en el British Museum de Londres, en el Museo Arqueológico de Florencia, en el Egipcio de Turín o en el Bellas Artes de Dijon, voy a dar con uno de los retratos de El Fayum. Retrato fragmentario de una mujer , se titula. Apenas le quedan los ojos, le han desaparecido las orejas y casi todo el mentón. Sin embargo, la fuerza de este rostro femenino de hace casi dos mil años aún la percibimos en la pronunciada nariz, la mirada profunda y, sobre todo, en esos labios gordos cerrados. Los retratos encontrados en Egipto son los más antiguos retratos de individuos junto con las pinturas murales de Pompeya del Museo Nacional de Nápoles. Constituyen el único conjunto amplio de pintura griega o romana que nos queda. Cada vez que se produce este encuentro me quedo sobrecogido por esas miradas anónimas. No sabemos quiénes las pintaron, no sabemos quiénes posaron, y, a pesar de ser retratos de momias pertenecientes al Egipto greco-romano cristianizado, parecen más vivos que los rostros con los que me voy cruzando. Leone Battista Alberti, en De la pintura , afirmó que ésta tenía una fuerza divina que le permite no sólo hacer presentes a los ausentes, sino mostrar siglos después los muertos a los vivos. Jean-Christophe Bailly, autor de La llamada muda , habla de ausencia, de imitar, simular la presencia efectiva de un ausente. Así, estas imágenes serían la retención del ausente, de aquel que va a marcharse al extranjero . Estos retratos no pudieron ser pintados de cuerpo presente sino en la plenitud de la vida, a sabiendas de que serían el salvoconducto para el más allá. Quizás aquí se mezclan la mitología del pasado egipcio y la cristiana. Son rostros de todas las edades. André Grabar recoge la siguiente historia sacada de los textos apócrifos del apóstol Juan. Licomedes, uno de sus discípulos, encargó un retrato del maestro. Al ver Juan el dibujo acusó al muchacho de idolatría. Cuando reconoció su rostro, le dijo: «Han pintado el retrato de un muerto». ¿Desde dónde nos miran?, quizás desde un lugar neutro que no sería ni la muerte ni la vida. Parecen como hipnotizados por una presencia Suprema. El muerto es el místico perfecto. Habiendo visto a Dios nunca dirá nada. Ver al Dios era, para los griegos, lo imposible. Son muchos los mitos que aluden a la transgresión de esta prohibición. Con la mirada sugieren que, al menos, hay un más allá, misterioso, inenarrable aún para quienes estamos del otro lado. Pero esos labios no están siempre cerrados porque sí, sino que yo los considero cosidos, sellados, quisieran hablar pero se les impide. Y es este silencio lo que los hace tan próximos. El silencio de su conocimiento y el silencio de nuestra ignorancia. De esa cosedura proviene el rictus de dolor y el gesto de tristeza. No porque van a morir o están ya muertos, sino porque no pueden contar lo que han visto o quizá ¿lo que no han visto?. «Yo entiendo a los mudos; oigo a los que no hablan», dice el Oráculo de Delfos. La misma sentencia la encuentro en los versos de István Bella: «...y, aunque no diga palabra, /hablo callando, /callo hablando». Estas miradas desconocidas que me persiguen por los museos son miradas familiares, incluso algún rostro se asemeja al mío. Estos rostros me previenen de que yo también tengo una cita con un sí mismo que cada uno es y que no conocemos.