Todos los sueños cinematográficos que viví en mi infancia tenían como escenario a Estados Unidos. Recuerdo que el paisaje con enormes rascacielos y millones de lucecillas del Manhatan nocturno me volvía loca de emoción. Todos hemos mamado la cultura norteamericana, hemos crecido emulando sus iconos, adoptando sus modas, tarareando su música, por eso es inútil que neguemos al pequeño yanqui que llevamos dentro. Nos guste o no, hasta el más antiamericano de este país vive y siente al estilo estadounidense. Es la nueva colonización. Por eso cuando pienso en un Nueva York amenazado y presa de la paranoia, me duele como si fuese algo mío. Y en el fondo lo es. Ayer se presentó en Madrid el libro de un tal Thierry Meyssan, un periodista francés que asegura, aportando numerosos documentos, que los atentados del 11-S fueron gestados por el ejército de EE UU y aprobados por Bush, cuya familia mantiene al parecer negocios con el hermano de Bin Laden. Sostiene este periodista que ningún avión se estrelló contra el Pentágono, y que el Gobierno de EE UU mantendrá las amenazas de atentados para manipular a su propio pueblo. Es fácil unir cabos para tejer una hipótesis semejante, y no hay razón para darle crédito. Pero también es cierto que las grandes civilizaciones siempre empiezan a pudrirse desde dentro.